Salvador Sotorra se mordió ayer la lengua de forma accidental mientras comía en la terraza de un bar de Reus. Aunque el incidente le provocó dolor al principio, el sabor de su propia carne se le antojó sorprendentemente bueno. “Me estuve relamiendo un rato hasta que finalmente me animé a darme otro mordisco. Primero un bocadito pequeño, pero luego ya me llevé dos centímetros de lengua porque aquello estaba de muerte”, confiesa Sotorra expresándose con dificultad usando el trozo de lengua que aún le queda en la boca.

Este caníbal de 54 años no había probado hasta ahora más que sus propias uñas “y sólo en momentos de tensión, nunca desde una perspectiva gastronómica”. Ayer, sin embargo, se abandonó a la autofagia hasta que el camarero del local le emplazó a irse “porque estaba asustando a la gente”. Se fue, finalmente, dejando la ensaladilla rusa a medias y la servilleta empapada en su propia sangre. “Dejé propina por las molestias”, apunta Sotorra.

El caníbal reconoce que aún no ha reunido el valor suficiente para contarle a su esposa lo ocurrido. “Me ha preguntado qué tal la comida y me he tenido que morder la lengua”, explica.

Mientras busca en Internet “restaurantes caníbales con carta sin gluten, porque además soy celíaco”, se alimentará de sus propios michelines “porque no los necesito y no están mal pese a tener mucha grasa. Lo mejor es la lengua, y el glande la verdad es que no tiene mala pinta”, reconoce. Tampoco descarta donarse un riñón a sí mismo para cocinarlo al jerez.