David Lizarrán se ha detenido esta mañana en un andén del metro de Madrid para cargar su teléfono móvil en uno de los enchufes dispuestos a tal efecto. Pese a que su intención inicial era dedicar dos minutos y no más a este cometido, en pocos segundos decenas de viajeros que pasaban frente a él le han ido dejando monedas e incluso algunos billetes, hasta el punto de que, en poco más de veinte minutos y con la batería del teléfono al 30%, Lizarrán había recibido ya cincuenta euros en metálico.

“No soy un mendigo, no toco el acordeón, no hago nada, pero si me tiran dinero tampoco soy idiota y me lo quedo”, argumenta este ejecutivo de cuentas. “A mí la vida me trata bastante bien pero igual doy lástima a la gente, no lo sé. Es cierto que me estreso cuando tengo el móvil con poca batería y se me nota en la cara, pero tampoco esperaba tanta solidaridad”, añade.

El afortunado viajero ha llamado a su secretaria para pedirle que anulara todas las citas que tenía previstas para esta mañana. “Esperar sentado en el banco con el móvil enchufado me está generando más rentabilidad que cualquiera de las gestiones que pueda hacer activamente en la oficina”, ha explicado a su compañera. De hecho, Lizarrán cree que antes de que la batería llegue a cargarse por completo ya dispondrá de fondos suficientes para comprarse otro teléfono de nueva generación y con una batería que dure más tiempo.

Aunque él insiste en que no ha pedido nada a nadie, los músicos del metro y las personas que acostumbran a pedir limosna de forma explícita ven el caso de Lizarrán como un ejemplo flagrante de competencia desleal. “No me saqué la carrera en el conservatorio para que un señor me haga sombra en el metro sin siquiera ofrecer nada”, se queja uno de los músicos, con más de seis años de experiencia tocando la guitarra en los vagones del suburbano. Peor es el caso de Wilson, de “Wilson y su acordeón”, que abandonó su Ecuador natal para buscar fortuna en la línea cinco del metro de Madrid y que ahora teme que este intruso le arrebate el público.

“Se produce el extraño fenómeno de que a la gente le da más confianza una persona con pinta de ejecutivo que alguien con un atuendo más informal, y por tanto prefiere darle limosna al que menos parece necesitarla”, declara uno de los trabajadores del metro. De momento, Metro de Madrid no tomará ninguna medida porque Lizarrán no está haciendo nada ilegal “salvo ocupar un enchufe público más tiempo de lo habitual”.