Después de rubricar su tercer triunfo en el US Open, el primero que obtenía desde 2013, el tenista Rafa Nadal volvió a morder ayer el trofeo ante las cámaras y también ante las miradas de horror de Carlos Moyá y el resto de su equipo técnico, conscientes todos ellos de que la dentadura del jugador se encuentra en una situación límite. “Nadie ha mordido tantos trofeos como él, está poniendo sus dientes al límite y en cualquier momento nos podemos llevar una sorpresa desagradable”, confiesa uno de sus preparadores físicos. “Puedes ser un campeón mundial pero, sin dientes, la gente sólo verá a un mallorquín paleto del que reírse”, añade.

Los seguidores de Rafa Nadal también experimentan esa mezcla de alegría y preocupación cada vez que su ídolo levanta la copa y le da un mordisco. “Por un lado quieres que gane pero por otro preferirías que su mandíbula se tomara un pequeño descanso”, reconoce uno de sus fans. Incluso el propio Nadal cruza los dedos durante este rito que él mismo se impuso hace años por miedo a que los trofeos no fueran auténticos. “Sabe que tiene la dentadura desgastada de tanto morder metal pero él sigue adelante, ajeno a los riesgos”, lamenta Moyá.

La explicación que Nadal da a los médicos es siempre la misma: “Me cuesta mucho esfuerzo ganar esas copas y no quiero que me tomen el pelo. Si me entero de que me dieron un trofeo de latón en vez de uno de plata de ley, el cabreo sería monumental. Necesito comprobar que no me están tomando por gilipollas delante de todo el mundo”, argumentó el deportista cuando ganó su décimo Roland Garros.

Aunque se ha barajado la opción de facilitarle a Nadal un detector de metales que le saque de dudas, el de Manacor sigue desconfiando: “Me fío de mis dientes y de nada más. Y cuando se me caigan los dientes, se acabaron los trofeos, el tenis y su puta madre”, sentencia.

“¿De qué voy a vivir cuando deje el tenis? Pues de vender todas estas copas. Si son falsas, me han jodido”, reitera Nadal.