A pesar de ser una persona muy afortunada en el juego, Arturo Arriaga, de 89 años y habitual de la “Sala Bingo Fuengirola”, se ha arruinado tras varias décadas mostrándose incapaz de cantar bingo por culpa de su timidez.

Arturo, que suele comprar entre tres y cinco cartones por ronda, se bloquea y es presa del pánico cada vez que ve que tiene que gritar en alto delante de tantas personas. “Me gasto mucho dinero, pero a medida que avanza la partida rezo para que no canten mis números”, reconoce. “Si cantas bingo, todo el mundo te mira con envidia y si al validarte el cartón comprueban que te has equivocado te conviertes en el hazmerreír”, explica atemorizado.

Cada vez que Arturo consigue completar una línea o un cartón, se mantiene en silencio fingiendo que necesita un número más mientras espera impaciente a que otra persona cante bingo. Después hace como que le da rabia. “Hemos llegado a ver cómo quitaba a escondidas la marca de un número”, reconoce un trabajador del lugar.

Aunque frecuenta el mismo bingo desde hace más de 20 años, todos los trabajadores de la sala le conocen por el nombre de “Ramón”, pues empezaron a llamarle así el primer día y jamás ha sido capaz de corregirlos. “Me lo tomo como si fuera un mote cariñoso”, afirma Arturo. “Una mañana Ramón era el único participante del bingo y la partida se alargó hasta que salieron todos los números”, recuerda uno de los camareros.

La timidez de Arturo no sólo le ha hecho perder todo su dinero: también estuvo a punto de costarle la vida. Una noche casi muere ahogado tras atragantarse con un hielo y no atreverse a pedir ayuda. “Por suerte el hielo se derritió en mi garganta y pude seguir respirando”, aclara.