Después de más de 30 años comiendo allí cada domingo, Antonio Merino, un joven de Zamora, ha descubierto que la casa de su abuela es en realidad una franquicia idéntica a la casa de la abuela en la que comen muchos de sus amigos.

“Todos dicen que también han comido en casa de la abuela y me han confirmado que los muebles son antiguos y hay figuritas encima de la tele, igual que donde como yo. Es una maldita franquicia”, se queja. Ha descubierto también que el atuendo que lleva su abuela es en realidad un uniforme: “Resulta que la abuela que atiende a todos los demás también lleva falda larga negra, blusa oscura y collar con crucifijo”, confirma Merino. “Duele porque son muchos años creyéndote especial y luego ves que todo forma parte de la expansión del capitalismo”, lamenta el joven.

Las informaciones que maneja Antonio también apuntan a que los platos del menú son los mismos: la mejor sopa del mundo, el estofado de la abuela o el arroz con leche de siempre, como a ti te gusta. “Cuando era pequeño me daba mil pesetas a espaldas de mi madre cada vez que iba, pero a mis amigos también, era todo una estrategia de fidelización”, asegura decepcionado. “Pensaba que me apreciaba porque me instaba siempre a echarme novia y ahora sé que sólo lo decía porque formaba parte de su trabajo, una frase estudiada para que te sientas cómodo en el local”, apunta.

Merino entiende ahora por qué a la abuela le molesta que su nieto coma alimentos precocinados o abuse de restaurantes: “Le molesta porque son su competencia directa”, concluye.

“En un primer momento me extrañó que la abuela no me cobrara, porque no entendía cuál era entonces la base del negocio. Pero es como WhatsApp, recaba datos personales y luego los vende, por eso durante la comida siempre me pregunta cómo me va, a qué dedico mi tiempo, con quién estoy… son estudios de mercado”, explica el joven.

Después de destapar el asunto de la franquicia, Antonio ha decidido que tampoco aceptará los tápers de su madre, “otro negocio de las grandes corporaciones”. Ha comprobado que todos sus amigos llevan “táperes de mamá” al trabajo. “No me extrañaría que mamá cotizara en el IBEX-35, ya no hay nada auténtico, ni las madres ni las abuelas como las de antes son como las madres y abuelas como las de antes de antes”, sentencia.