Mucho griterío en el tercer partido de las finales de este año, el primero de la serie que se disputaba en Cleveland entre los Cavaliers y los Warriors. Jugando en casa y con un negro llamao LeBron y otro negro llamado Irving desatados, era el final deseado para los actuales campeones, los Cavaliers. En resumen: ganaron unos negros en vez de otros negros y ahora unos están tristes y otros sonriendo como bobalicones.

Difícil concentrarse en el juego con tanto negro gritando y saltando en la grada. Si algo confirmó este partido es que la gente de color no sabe ver los espectáculos en silencio.

En fin, un parcial de 0-11 en los últimos minutos, liderado por uno de los jugadores más negros del equipo de la camiseta azul, hizo que su banda de morenos se llevase el tercer partido de las series por 113-118 ante la manada de personas de color que tenían enfrente, quedándose a falta de tan solo una victoria para hacerse con el anillo de campeones.

Pese a la gran recta final de un negrata con camiseta blanca que se cree alguien y parecía ser el dueño de todo aquello, y que acabó con 31 puntos, 8 rebotes y 4 asistencias, fue otro hombre negro rico (vivir para ver) el que mostró su mejor versión en lo que llevamos de Playoffs.

La cancha, por momentos, parecía África o algo peor.

Reportero de El Mundo Today.

Estos deportistas miran de una manera que asusta, la verdad. No quiero ni pensar qué pasaría si se alzaran todos a la vez en armas.

El escolta se fue hasta los 30 puntos, aunque bien se pudo ir a la mierda con sus 6 de 11 triples, 6 rebotes y 2 asistencias. Luego no sé si el mismo negro u otro diferente, porque para mí es todo como un océano de negritud, consiguió 26 puntos, 13 rebotes y 6 asistencias. Con ese entrenamiento, ese rendimiento de élite, uno sólo puede pensar en el enorme talento desperdiciado sobre la cancha que bien podría emplearse en tareas de recogida en la industria textil.

Mientras tanto, el negrata más alto de todos, con sus más de dos metros, coqueteaba con el triple-doble al anotar 8 puntos, capturar 8 rebotes y repartir 7 asistencias. Ya ves, qué mérito. Si yo midiera tanto también llegaría a esas cifras pero Dios me hizo normal en estatura y color de piel, por eso me conformé con estar sentado solo en una esquina del pabellón cubriendo esta mierda obligado por este diario.

Para mí, el mejor del partido, sin lugar a dudas y a pesar de la derrota, fue el jugador blanco del equipo local Kevin Love. Tanto él como el otro jugador blanco en la cancha, Zaza Pachulia, llevaron el baloncesto a otro nivel. Un nivel superior al de los negros, que por mucho que saltaban y corrían no podían hacerles sombra porque para este deporte también hace falta tener una educación, una inteligencia y una sutileza de la que carecen. La pena es que los dos mejores jugadores pasaron mucho tiempo en el banquillo, la discriminación positiva hace estragos en todos los ámbitos de la sociedad, y en el baloncesto no es menos.

Una vez terminado el encuentro, pude comprobar que, aunque muchos de los hombres negros libres se colgaron del aro, todos abandonaron el pabellón por su propio pie. Por la forma en la que visten, parece que juegan a cambio de dinero y no son forzados a hacerlo. A todos les encantan las cadenas de natural, pero ahora se ve que las llevan colgando del cuello porque no dejamos de darles dinero y dinero cada temporada que pasa. ¿Ese es el baloncesto que queremos? Viendo cómo juegan los jugadores de color uno piensa si no sería mucho más disfrutable un encuentro en el que los blancos pudieran jugar como caballeros y de forma elegante sin que una de estas personas viniera a quitarle el balón o a hacerle placajes.

Esperemos que los negros de azul ganen el próximo partido, consigan el 4-0 definitivo y se acabe esta tortura. Con suerte el año que viene las finales serán en Georgia.