Lucas Gutiérrez, el protagonista de esta historia, nos recibe en un restaurante del centro de la capital. En su cara tiene dibujada una sonrisa que posiblemente oculte meses y meses de estrés tras descubrir que su compañero de piso era un okupa.

Lucas, ¿cómo empezó todo?

Yo había comprado un pisito, pero decidí alquilar una de las habitaciones para compartir gastos con otra persona. Puse un anuncio y me llamó Stinky, un chico alemán interesado en la habitación para él y sus seis perros. Claro, al verle dije: “Una persona a la que le gustan tanto los animales no puede ser mala gente”. Es cierto que, al mes, cinco de los perros se le habían muerto de inanición, pero al que le quedó vivo le quería muchísimo, era difícil sospechar de él.

Y en ese momento, cuando le conoció, ¿no notó nada raro?

No, en absoluto. Sí me llamó un poco la atención que, durante la entrevista que le hice, él se dirigía a mí como “opresor” y “cerdo capitalista”, pero yo no sabía si esas palabras en Alemania significan lo mismo que aquí, así que no le di importancia.

¿Qué fue entonces lo que hizo saltar las alarmas?

Yo no soy tonto y cuando al séptimo mes seguía sin pagarme su parte del alquiler, comencé a sospechar. Pero lo que definitivamente me alertó fue que se trajo a casa a treinta amigos.

¿Treinta personas? ¿A vivir a su casa?

Sí, y creo que además no hubo mucho feeling entre nosotros. Colgaron desde la ventana una pancarta de siete metros en la que se veía mi cara y me acusaban de especulador y, literalmente, de “asqueroso burgués con cara de rata”. Ahora, se dice lo malo pero también lo bueno: los chavales la verdad es que eran muy animados, le daban mucha vidilla a la casa, hasta montaron un festival de música en el salón de casa en el que actuaron Monkey Shit, Oligofrenic Bastards y Fucking Oppresors. El festival duró siete horas, asistieron 180 personas y era benéfico.

¿Benéfico con los refugiados, con algún colectivo político…?

No, no, benéfico con ellos mismos, para pagar la multa que les pusieron cuando la comunidad de vecinos denunció lo de la pancarta.

¿Por qué no decidió echarle en ese momento?

Hombre, echar, echar… yo entiendo que esos fueron un poco los típicos problemillas que surgen de la convivencia, tampoco se puede solucionar todo a la tremenda.

¿Y cómo lo solucionó entonces?

Pues yéndome de la casa. No aguantaba más y, tras meditarlo mucho, acabé buscando otro piso.

Es decir, decidió sacrificarse e irse con tal de echar también a Stinky.

Ah, no, no, él sigue viviendo en la casa. Bueno, él y los otros 30.

¿En su casa? ¿Y no le da miedo lo que pueda ocurrir con el inmueble cuando haya un desalojo?

Hombre, también me parecía feo poner en esa tesitura a los chavales…

¿Quiere decir que sigue pagándoles el alquiler?

Es una manera de verlo tan válida como otra cualquiera. Por resumir podríamos decir que sí. Vamos, que sí, que lo sigo pagando. Pero la última vez que fui a llevarles “tuppers” de comida ya les dije que se iba a cerrar el grifo. No sé cuándo, que tampoco soy yo de poner fechas concretas, pero se va a cerrar.