Carlos Romagosa, un vallisoletano de 54 años, se ha visto obligado hoy a hacerse camarero tras esperar más de diez horas a que le trajeran la cuenta. “Al final, ha sido lo más rápido”, ha declarado este cliente.

Romagosa entró ayer a las seis de la tarde en la céntrica cafetería El Croissant Feliz y pidió un cortado, como cada día. Diez minutos después pedía la cuenta, pero el camarero esquivó su mirada. Así empezó una tortura que duró más de diez horas. “Por supuesto que me vio”, ha afirmado rotundamente Romagosa. Y añade: “Ha estado todo el día evitando cruzar su mirada con la mía”.

Al final, harto de la incompetencia del servicio, decidió presentarse a un puesto de camarero en el mismo establecimiento. Tras llamar al bufete de abogados donde trabajaba y dejar su puesto de subdirector general, Romagosa consiguió pasar el proceso de selección y ha logrado atenderse a sí mismo a primera hora de esta mañana. Se ha dejado una propina de 50 euros por las molestias.

Romagosa reconoce ahora que ignora a los clientes pesados que le reclaman sus cuentas con insistencia. “Yo esperé diez horas, dejé mi trabajo en el bufete y cambié mi vida para traerme la cuenta a mí mismo. Ahora, que esperen”, argumenta.

Los dueños del local reconocen que un 80% de la plantilla está formada por antiguos clientes que decidieron pasarse al otro bando para recibir un mejor servicio. “Yo también empecé como cliente y compré el bar porque el café era una mierda”, explica el actual gerente.