Juan García, de Barcelona, ha acudido esta mañana a una cafetería de la franquicia Starbucks para tomar un café y ha tenido que abandonar el local con las manos vacías. “Me han preguntado cómo me llamo para escribir el nombre en el vaso y se ve que ese nombre ya estaba cogido por otro cliente. Hemos intentado añadirle al final mi fecha de nacimiento, para escribir Juan83, pero tampoco estaba disponible”, explica García con resignación.

“Sabíamos que este momento podía llegar”, reconocen desde Starbucks. “Tenemos ya muchos clientes en todo el mundo y los nombres son limitados”, argumentan. La atención personalizada que la empresa busca para toda su clientela es incompatible con la presencia de usuarios con el mismo nombre. “No podemos servir pedidos distintos al mismo nombre de usuario, los vasos podrían confundirse y sería el caos. No podemos permitir excepciones”, se justifica la empresa.

Otros clientes de la misma franquicia se quejan porque, muchas veces, los dependientes les muestran imágenes con números y les hacen un sencillo test “para descartar que seamos robots”. Se trata de una medida de seguridad para evitar que entren clientes falsos en las tiendas encargando cafés masivamente para saturar el servicio y provocar caídas en el suministro. “Que tengas a un tío delante que te mire como si fueras un robot e incluso te pellizque para ver si reaccionas es bastante desagradable”, explica uno de los afectados.

La situación ha provocado que, a las puertas de los establecimientos de la tienda, algunos usuarios con nombres muy corrientes vendan vasos con su nombre a otros clientes que se llaman igual. “Al final me he podido tomar mi café, pero me ha costado 67 euros, 20 de los cuales eran del vaso que he tenido que conseguir en el mercado negro”, reconoce Juan García. “Y encima quema de la hostia”, lamenta.