Julio Nanclares, de Barcelona, ha acudido esta mañana a una tienda de juguetes eróticos y se ha presentado en el mostrador con una tubería de PVC dispuesto a pagar por ella. El dependiente le ha informado de que no estaba a la venta, pues se trataba de una tubería del propio local, “un trozo suelto que quedaría de las obras que hicimos el mes pasado”.

“Yo pensaba que la metías por aquí, porque el agujero tiene el tamaño adecuado, y además el plástico hace como unas aguas y unas estrías que parecen hechas para estimular”, argumenta el cliente, que en vez de admitir el error ha insistido en negociar un precio por la tubería. “De verdad que creo que yo con esto puedo hacer mucho, en una ferretería seguro que no las iba a encontrar de este tamaño porque las venden por metros”, ha explicado Nanclares.

Admitiendo que era la primera vez que visitaba una tienda de objetos eróticos, el cliente dice que los productos que ofrece el local le parecen “demasiado realistas, dan grima”. En cambio, esa tubería que ha encontrado en el suelo, “como si se hubiera caído de la estantería de los consoladores”, es suficientemente neutra “y la verdad es que yo me veo usándola”.

“Hay objetos que se han diseñado para una función, su función propia, pero que luego tienen usos secundarios. Por ejemplo, un destornillador cuando lo usas para rascarte la espalda. Yo defiendo que una tubería puede tener una función sexual, aunque no se creara para esto”, argumenta Nanclares, aludiendo así a la teoría de las funciones propias de la filósofa norteamericana Ruth Garrett Millikan.

“Yo no se la puedo vender porque no la tenemos en el catálogo. Si se la quiere llevar a escondidas, tampoco lo voy a perseguir. Por mí como si se la mete por el culo”, ha declarado el dependiente del establecimiento.

A última hora de la mañana, Nanclares ponía a la venta la tubería en cuestión en Wallapop argumentando que “a mí no me entra pero por muy poquito”.