Después de pasar casi una década en el fondo de la nevera de un piso de Badajoz, una lata medio vacía de Mahou que fue abierta en una fiesta a finales de 2008 ya se considera una cerveza artesanal.

“Sobró media lata hace la tira y allí se quedó. Con los años, ha ido impregnándose de los variados aromas de la nevera, tiene un color más intenso y un sabor indescriptible que no se parece a ninguna cerveza que yo haya probado”, explica su dueño, Jacinto Hernández. “Será mejor o peor que la Mahou oficial, en esto no me voy a meter, pero es indiscutible que a estas alturas estamos hablando de una cerveza totalmente artesanal, única”, reitera.

“Para lograr este resultado hace falta constancia, paciencia y dejar que el tiempo haga su trabajo. Artesanía y rapidez son malas compañeras”, argumenta.

Sin aclarar en ningún momento si la cerveza de esta lata “gran reserva” es recomendable o si puede competir con otras cervezas cien por cien artesanales, Hernández explica que, al estar situada tras la bandeja de embutidos, “hemos logrado conseguir ese amargor y esa acidez que sólo tienen los productos elaborados de forma artesanal”.

La labor de Jacinto Hernández y su familia, olvidando un día tras otro que la cerveza continuaba allí, ha sido fundamental para lograr “un producto inimitable, perfecto para acompañar con un delicioso queso como este”, aclara Jacinto señalando un trozo de roquefort, aunque enseguida matiza que “se trata de un queso manchego con varios meses de curación, también artesanal aunque en su día fue de Mercadona”.