El 66% de los españoles que visitaron una biblioteca en 2016 sólo acudieron para mandar callar a la gente, según un estudio llevado a cabo en la Biblioteca del Instituto Cervantes de Madrid. El porcentaje se eleva al 80% si el periodo se extiende al primer ejercicio de 2017, mostrando una clara tendencia al alza. “Mandar callar a otra persona con la potestad que otorga estar en una biblioteca es adictivo”, aseguran los responsables del estudio. “Provoca una sensación de superioridad que refuerza la autoestima”, apuntan.

“Ayer sólo había dos personas en la biblioteca. Las dos, con el mismo objetivo. Se pasaron cuatro horas haciéndose callar la una a la otra”, explica un trabajador de la Biblioteca Nacional, que tuvo que expulsar a esas personas del recinto a empujones. “A leer, lo que es leer, ya no viene nadie”, dice.

El número de gente que va a ligar a las bibliotecas ha caído en picado en los últimos tiempos debido a que la gente que manda callar dificulta seriamente los acercamientos. “No pasan ni una, me han llegado a mandar callar por mirar al chico de la mesa de enfrente”, lamenta una estudiante de Medicina. “Hay miradas que hablan, me dijo un imbécil”, se queja. Las miradas recriminatorias también han subido respecto al último barómetro: “Un día me soné los mocos y me miraron con tanto odio que decidí dejar los estudios”, lamenta un antiguo estudiante de Bellas Artes.

Mandar callar en las bibliotecas no es la única actividad en alza: cada vez más gente viaja en avión sólo para intentar arrancar aplausos al aterrizar. “No siempre te siguen, pero cuando lo consigues es una gozada”, explica un arrancador de aplausos profesional. También se han detectado comportamientos similares en las bodas con la gente que trata desesperadamente de provocar gritos de “Viva los novios”. El contraste se encuentra en los cines, donde al menos cuatro de cada cinco espectadores pagan una entrada con la única intención de toser.