Damián Montemayor, de Burgos, contrajo ayer matrimonio con su masajista al pedirle que el masaje acabara con “final feliz”. Nikita Chen, que lleva poco tiempo en ese negocio, aceptó la propuesta y llamó a un cura para que los casara.

Montemayor asegura que vio a la masajista tan ilusionada que no supo cómo decirle que no. “Intenté explicarle que lo que realmente quería era una felación”, declara. “Pero me contestó que nada de sexo hasta que estuviéramos casados. Así que no me quedaba otra”, añade.

Ahora, Montemayor deberá viajar a Pekín para conocer a la familia de su mujer. “Es el masaje más caro de mi vida”, lamenta.

Nikita, por su parte, argumenta que “el masaje no estará completo hasta que vivamos felices y comamos perdices”, cosa que no podrá certificarse hasta que la pareja lleve un tiempo conviviendo.

El principal temor de Damián Montemayor es que, una vez alcance la felicidad matrimonial, Nikita dé el masaje por finalizado y termine el idilio. “Si se da el caso, tendré que encargarle otro masaje por veinte euros”, dice. “Aunque siempre será más barato que el divorcio”, sentencia.

No es la primera vez que se produce un malentendido de este tipo. En 2009, un joven de 31 años, al pedir un “final feliz” recibió un “UPyD no han obtenido representación parlamentaria” en forma de susurro.