Quedamos con Eugenio en una cafetería del centro de Madrid. Insiste en que nos sentemos alejados de la ventana, “no vaya a ser que me vea algún conocido y me pida que le ayude a llevar cosas a su nuevo piso”. Son muchos años evitando ayudar en las mudanzas de amigos y Eugenio conoce todas las medidas de seguridad para seguir haciéndolo, no baja la guardia en ningún momento.

Eugenio, ¿cómo empezó en esto?

Correría el año 91 o 92, no recuerdo exactamente. Mi mujer y yo nos mudábamos del barrio de Carabanchel al de Hortaleza. En aquel momento, mi mujer tenía una fractura de cadera e intenté convencerla de que cargar los bultos le vendría bien para la rehabilitación, pero no funcionó, así que acabé haciendo prácticamente yo solo la mudanza. Hacer aquel esfuerzo por mí mismo me pareció terrible, así que decidí que jamás lo haría por los demás.

Su principal motivo para no participar en mudanzas es la pereza.

No, hay un motivo mucho más importante. Hay gente que se dedica profesionalmente a ello: empresas de mudanzas, transportistas… Hacerlo yo de manera desinteresada me parece una forma terrible de intrusismo laboral y, con la que está cayendo en el país, mi conciencia no me lo permite, no podría dormir tranquilo.

Algunos podrían pensar que eso es sólo una excusa para no tener que cargar muebles y cajas…

En absoluto. Bueno, puede que un poco sí, pero no nos estanquemos en este punto.

¿Cuál es su protocolo de actuación para no verse envuelto en la mudanza de un conocido?

En esto hay que ir poco a poco, como en todo. No se puede empezar la casa por el tejado. Al principio, para que tu círculo de amigos no sospeche de ti, hay que participar en alguna mudanza, incluso mostrarse proactivo. Una vez estés cargando cajas, es muy importante dejar caer alguna de las importantes y hacer que parezca un accidente. Cuando tus amigos vean que les has roto la televisión de plasma o su colección de máscaras africanas, serán ellos mismos quienes te inviten a que dejes de ayudar.

“No hay que tener amigos que vivan de alquiler”

¿Y si esa técnica no funcionase?

Se han dado casos, pocos, pero se han dado. Por eso siempre recomiendo tener coartadas eficaces. Yo, por ejemplo, tuve un hijo sólo para poder ponerlo como excusa cuando algún amigo me pedía que le ayudase en alguna mudanza. “Eugenio, ¿me echas un cable para llevar la lavadora al nuevo piso?”. “No puedo, es que tengo al niño con fiebre”. A mí no me gustan los niños en general, ni el mío en particular, pero me ha salvado de cargar bultos en más de una ocasión. Lo malo es que ya tiene 26 años y cada vez es más difícil usarle de parapeto. Estoy por tener otro para que no se me acabe el chollo.

¿Sus amigos nunca han desconfiado de usted? ¿Cree que nunca han sospechado que sólo ponía excusas?

Los amigos son el principal enemigo de los que, como yo, no quieren ayudar en mudanzas. Hay que elegir muy bien a la que gente de la que te rodeas, mantener sólo la amistad con aquellos que estén contentos con sus viviendas o que las hayan comprado, aunque sean los que peor te caen. Los amigos que viven en pisos alquilados son un riesgo que hay que evitar a toda costa.

¿No se siente mal al comportarse de esta manera?

Mal me sentiría si tuviese que estar pagando un fisioterapeuta todos los meses por haber cargado los muebles de los demás.

¿Qué le aporta a usted su modo de vida?

Me aporta la tranquilidad y el orgullo de saber que el día de mañana, cuando mis nietos me pregunten “Abuelo, ¿y tú qué hiciste cuando el tío Félix se tuvo que mudar?”, yo les podré contestar: “Me quedé en casa viendo el Atleti-Barça”.

Damos por concluida la entrevista y salimos de la cafetería. Eugenio anda lento, con una cojera que no tenía al llegar. “No te preocupes, estoy perfectamente. Es que me ha parecido ver en la acera de enfrente a un primo mío que no andaba muy contento con su apartamento”, aclara.