“No estoy enganchado y no tengo por qué demostrar nada a nadie; podría dejarlo ahora mismo pero no veo el motivo, así que no pienso dejarlo pese a que, insisto, bastaría con tomar la decisión en este preciso instante”. Con estas palabras se convence a sí mismo Damián Lorenzo, un bebé de dos meses que, desde hace uno, no se separa del chupete en ningún momento exceptuando la hora de comer.

“Se le cayó el chupete en el coche y tuvimos que parar porque se puso como una fiera”, explica el padre del bebé. “El chupete se quedó atrapado entre los asientos y Damián empezó a temblar como un yonqui, claramente afectado por el mono”, argumenta. Luego, ya con el chupete en la boca, “cayó dormido como si estuviera en un fumadero de opio”.

Aunque sus padres están preocupados porque el bebé “está en plena fase de negación, incapaz de asumir que tiene un problema”, Damián se niega a sacar el tema y defiende que el chupete “no me perjudica porque ni siquiera tengo dientes, y eso es lo que les fastidia, que no tienen argumentos para prohibirme una de las pocas cosas que me relajan en este mundo lleno de pañales sucios, dolores de barriga, virus y tribulaciones”.

En sus monólogos interiores, el bebé retrata a sus padres como “unos individuos cobardes educados en la fe cristiana y que, por lo tanto, desconfían del placer por el placer y cargan contra la libertad de quienes no se dejan condicionar por el miedo y rechazan el sufrimiento como único camino hacia la dignidad personal”.

Esta mañana, un grupo de cinco bebés amigos de la familia se ha reunido alrededor de Damián para hacerle una intervención. El bebé se ha mantenido impasible ante la presión del grupo y ha esperado a que todos cayeran rendidos por el sueño para recuperar su chupete y seguir con sus asuntos.