“El tabaco mata cada año a cientos de miles de soldados y deja malheridos a miles de millones más”. Así de contundente es el dato esgrimido por Fatjon Hoxa, Alto Comisionado de la OMS para Lacras Sociales, que se hizo público en octubre. Los miembros del Consejo de Seguridad Permanente de la ONU, hartos de denunciar crímenes contra los derechos humanos cometidos por el Estado Islámico, han jugado su última carta: “Cientos de civiles y niños soldados de Daesh tienen que soportar el humo de milicianos fumadores. Esperemos que esto haga reaccionar por fin a las potencias occidentales, pues parece que es un tema que alarma e indigna a la ciudadanía”.

Ahmed tiene 43 años. Es excombatiente de una de las 837 milicias sirias. Una explosión lo dejó sin piernas ni brazos, sordomudo y ciego. Pero Ahmed es un luchador. Jamás perdió las ganas de vivir. Su familia lo considera “un hombre feliz”. Su único hobby es fumar. Desde hace dos semanas Ahmed tose mucho. El médico le ha diagnosticado bronquitis. Es culpa del tabaco. Un nubarrón se cierne sobre el futuro de este hombre jovial.

Hillary Clinton se mostró tajante durante la campaña electoral: “Prohibiré que se fume en todas las guerras en las que participemos”. La postura de Donald Trump al respecto aún no se conoce. Vladimir Putin se ha mostrado abierto a hacer “lo contrario que decidan los americanos”.

En consecuencia, el Consejo General de la ONU aprobó ayer por unanimidad la prohibición total de fumar en la guerra de Siria. La resolución entrará en vigor en 2041.

A partir de ese día, en los escenarios bélicos de Siria, podrán respirar un poco mejor.