Alvarito Bosch, de 11 años, ha reunido a sus padres esta mañana en la cocina para plantearles un “plan de financiación para afrontar un proyecto de envergadura de carácter inminente y para el que requiero apoyo financiero”. Tras una larga alocución ilustrada con un Power Point en el que se mostraban gráficos con las previsiones de crecimiento, el niño ha acabado pidiendo 12000 euros para pegar el “estirón” y “llevar a lo más alto el proyecto por el que apostásteis hace más de una década”.

“Ya me ha parecido raro que nos preparara el desayuno y nos repartiera unas tarjetas con su nombre. Cuando hace esto es que se aproxima un sablazo”, explica la madre de la criatura, que considera que el esfuerzo económico que pide el niño “es muy superior a los beneficios que nos está dando en cuanto a notas se refiere”.

Bosch considera que invertir en un “estirón” permitiría a sus padres “sacar mayor partido de este activo que soy yo” y argumenta que financiar su madurez “se traduciría en un mayor rendimiento escolar”. Este argumento no parece convencer a los potenciales inversores, que piden “que demuestre su potencial con resultados tangibles antes de pedir dinero”.

“Me enfrento a la cortedad de miras de los inversores españoles: no asumen que invertir es asumir riesgos y quieren certezas antes de embarcarse en un proyecto que requiere valentía y ambición”, lamenta la criatura.

Los padres del niño recuerdan los cuatro suspensos que arrastra Alvarito y han anunciado la próxima llegada de Laura, un nuevo proyecto en el que han decidido apostar y que requerirá toda su atención en los próximos años.

“Cuando nazca Laura, tendremos que afrontar muchos gastos. Creemos que la propuesta de Alvarito llega un poco tarde y, aunque seguimos creyendo que es competitivo, tendrá que gestionar su evolución con los recursos con los que cuenta hasta ahora y quizá ser menos ambicioso en sus perspectivas de crecimiento”, sentencia el padre.

Claramente contrariado, Bosch ha abandonado la reunión decidido a buscar “nuevos inversores que me hagan caso y no estén todo el día regañándome por las putas notas de mierda”. Estas palabras le han valido un castigo que le ha tenido toda la mañana encerrado en su despacho sin derecho a recibir llamadas.