A las afueras de Madrid, en uno de los barrios más privilegiados de la capital, se encuentra la residencia del productor televisivo, presentador y ventrílocuo José Luis Moreno. Queríamos conocerla, y para ello qué mejor guía que una de las personas que más veces ha estado en su interior, el albanokosovar Vladimir Primakov.

Primakov, acompañado de su primo Bogdan, nos recibe a las puertas de la imponente casa. Puertas que abren en menos de medio minuto con una enorme palanca metálica. “Es que está mal la cerradura”, nos aclaran. Sorprende que nos hagan entrar a la vivienda por una ventana en la que han hecho un agujero con un cortador de diamante, pero en cuanto llegamos al salón nuestra atención pasa a centrarse en esos espacios amplios y elegantes que desprenden estilo.

Antes de subir por las escaleras de estilo victoriano que dan a los pisos superiores, y a pesar de que insistimos en que no es necesario, Vladimir corta con un cuter el circuito de video vigilancia “para poder ver la casa con más intimidad”. Mientras subimos por los escalones, Bognar va descolgando los cuadros de colección que decoran las paredes. “Sabemos que a Don José Luis le gusta cambiarlos cada cierto tiempo. Nos llevamos los antiguos por hacerle el favor”, explican los primos.

Al llegar a la habitación de José Luis Moreno, enorme e iluminada por la luz que deja entrar un gran ventanal, Vladimir no puede esconder su nostalgia. “Ahí había un armario joyero de madera de pino precioso, pero ya se lo llevó mi cuñado Dragomir. Lástima”, nos cuenta. “Y esa marca de hachazo decorativa en la pared la hizo otro familiar mío que ahora vive en Madrid”, añade. “En Alcalá-Meco, más concretamente”, aclara Bognar, ya con varios kilos de cobre en la mochila.

En la sala de estar, mientras disfrutamos de las vistas al jardín que ofrece el balcón, Vladimir y Bognar buscan en los cajones “una cosa que tenemos que llevarnos. Vosotros id haciendo fotos y eso”, dicen. En ese preciso instante, se oyen unos pasos: es el mismísimo José Luis Moreno, ataviado con un batín de paramecios. En una mano lleva una taza de café y en la otra a Rockefeller. Al vernos, y ante nuestra sorpresa, Moreno deja caer la taza de café y saca de su batín un revólver.

Ahora, desde la cama del hospital y con un balazo en un glúteo, observo la calle desde la ventana cercana a mi cama y pienso que de ninguna manera puede compararse este paisaje a las magníficas vistas de una casa como la de Moreno. Supongo que lo mismo pensarán Vladimir y Bognar cuando observan los patios desde sus celdas en las cárceles de Valdemoro y Herrera de la Mancha.