Tras enfrentar una larga batalla legal con un niño de ocho años que denunció el supuesto borrado de un “tatuaje” de regalo, Cheetos incluirá un tatuador profesional en cada una de sus bolsas a partir de ahora, prescindiendo de las tradicionales calcomanías.

La medida fuerza a la marca a contemplar ciertos cambios en los formatos de los envoltorios: venderá ahora bolsas de dos metros y 80 kilos de peso. El contenido de las mismas lo ocupará en un 90% el tatuador. El 10% sobrante dará cabida a los snacks con sabor a queso.

“Es un buen trabajo porque hago felices a los niños, que abren la bolsa y enseguida meten la mano para buscarme entre las patatas. La única pega es el permanente olor corporal a queso”, atestigua Manu “el uñas” desde el interior de una bolsa de Pelotazos. “El uñas” es uno de los primeros tatuadores embolsados por Cheetos.

“Cheetos no quedaban porque el señor uñas se los había comido todos, pero no me importa porque me ha tatuado un pulpo en el hombro que me sube por el cuello”, comenta Rubén, de diez años, afortunado propietario del tatuador.

Numerosas familias consumidoras de Cheetos hospedan ahora a un tatuador en sus hogares, a quien pueden exigir servicios si se pagan con una alimentación digna. Con el fin de asegurar una buena calidad de vida para los tatuadores, la marca envía trabajadores sociales cada dos meses a las casas que los alojan.

El negocio ha experimentado mejoras y ha provocado un crecimiento notable de la demanda del producto. Se observa desde la empresa que los tatuajes más solicitados hasta el momento son el leopardo mascota de la marca, al que se han añadido pechos, el clásico “Amor de mami” y el emblema de la Mara Salvatrucha 13, que vincula al niño a la mafia hondureña.