Alfonso B., estudiante de secundaria, lleva casi dos meses preparando la chuleta que utilizará para un examen de Historia que se celebrará mañana. El joven ha llenado ocho folios con una letra diminuta “pero que yo entiendo” en los que resume e incluso amplía los tres capítulos del manual que entran en la prueba.

“El libro se quedaba un poco en la superficie, especialmente en lo que respecta a las Guerras Púnicas. Así que me fui a la Biblioteca Nacional y amplié algunas cosas con bibliografía secundaria”, explica el estudiante, que está harto de llegar a casa con suspensos pero se declara “incapaz de empollar mierdas”.

“Paso de estudiar pero soy muy malo copiando del de al lado, porque me pongo nervioso. También me pone nervioso la idea de sacar una chuleta en pleno examen, así que me la he aprendido de memoria”, dice.

Aunque sus padres declaran sentirse orgullosos “porque al fin nuestro hijo ha aprendido a estudiar y no hace otra cosa desde hace semanas”, el crío insiste una y otra vez en que “no he estudiado una mierda, lo que pasa es que me he venido arriba con la chuleta”.

“Que no he estudiado, joder”, reitera enfadado y hasta indignado al ver a sus padres satisfechos. “Me he dedicado a estar en mi habitación o como mucho en la biblioteca bebiendo latas de Aquarius y viniéndome un poco arriba con el tema de la chuleta para no tener que estudiar ralladas. Es una chuleta que te cagas. Y si me la confiscan te juro que me da igual porque me la sé”, argumenta. “Me sé la chuleta, pero no la lección, porque yo paso de estudiar, que es un puto coñazo”, reitera.

“Ojalá existiera una carrera que se llamara Chuletas, porque a eso sí me gustaría dedicarme de mayor”, reflexiona. “Dejaría los estudios ahora mismo y me pondría a hacer chuletas de Historia, Física, Matemáticas, Literatura… se me da de la hostia. Mira, creo que voy a empezar a preparar la de literatura, que el examen es dentro de un mes pero quiero tenerlo todo controlado para no tener que estudiar”, concluye mientras da cuenta de otra lata de Aquarius. “Es el estudiante número uno de la promoción. Cuando se dé cuenta, el cabreo será monumental”, sentencia el director de su centro escolar.