El jefe del departamento se ha presentado a media mañana algo despeinado y, eufórico, ha emplazado a su secretaria a reunir a todo el equipo en la sala de juntas. Después de encerrarse diez minutos en el baño, ha acudido a la sala con la nariz roja y, sin soltar el casco de la moto y sin quitarse la chaqueta de cuero, se ha puesto de pie encima de una silla con ruedas para gritar “Chicos, somos team, somos equipo”.

Indiferente ante el estupor generado por su inesperada consigna, el jefe se ha bajado de la silla justo antes de caerse de ella y se ha retirado a un segundo plano para dejar que los efectos de la cocaína se manifestaran en todo su esplendor en un discurso motivacional en el que se ha hablado de “apoyarnos unos a otros porque el proyecto en el que estamos es un proyecto de puta madre que es de todos y todo esto es porque somos la hostia, no yo, sino cada uno de los que estáis aquí, porque yo sé rodearme de cracks, eso es lo que tenemos y que no tienen los demás, joder, que yo presumo de vosotros por ahí, quiero que lo sepáis, joder, quiero que os entre en la puta cabeza que sois todo lo que tengo, sois mi sangre y sois mi todo”.

Con los ojos inyectados en sangre y sudando abundantemente, el jefe ha sacado de su mochila Eastpack cuatro latas de Red Bull y se las ha bebido del tirón. Luego, la cocaína ha vuelto a insistir en que “quiero que vengáis aquí por las mañanas con la ilusión del chaval que sabe que está a punto de comerse un buen coño, joder”. Dicho esto, Marisa de administración se ha levantado y se ha ido.

“A ver, que por qué os he reunido”, ha intentado aclarar la cocaína, ya totalmente dueña del jefe. “Pues os he reunido, joder, porque somos team y quiero que el buen rollo sea el hilo musical de vuestros putos cerebros”. Haciendo que el jefe presionara fuertemente sus sienes para expresar gráficamente lo que estaba diciendo, la cocaína ha cantado “Tititi tititi tititi” para que sus empleados oyeran ese hilo musical supuestamente metafórico al que había hecho referencia.

Tras esta reflexión, el jefe ha recibido un Whatsapp, lo ha leído y ha dicho “Me tengo que ir”. Ha salido entonces de la sala de reuniones y, justo antes de abrir la puerta para abandonar la oficina, ha intentado coger su paraguas del paragüero. Incapaz de localizarlo, la cocaína ha decidido que lo óptimo era llevarse todos los paraguas.

Al cierre de la edición, se desconoce el paradero del jefe, al que nadie espera ver antes del próximo miércoles.