Alfonso G., profesional de la extorsión y el secuestro con más de 15 años de experiencia en prácticas delictivas, no es capaz de recordar cuál fue la última vez que pudo disfrutar de unas merecidas vacaciones.

“Estás todo el día en tensión. Siempre pendiente de que los vecinos no te descubran, de que los retenidos no intenten escapar, de que no enfermen y se mantengan con vida”, explica Alfonso. “Es como ser madre de cuatro hijos sin un marido que te ayude”, añade.

No tengo tiempo para tener hijos, solo puedo robar los de los demás

Este año, el secuestrador tampoco ha podido permitirse el lujo de dejar a sus víctimas solas en la húmeda y oscura habitación donde están confinadas para dedicarse tiempo a sí mismo. “Las tengo que sacar para que vayan al baño, tengo que vigilar que no me armen un pollo, porque siempre están esperando que me despiste… y nadie me ayuda”, insiste.

El criminal se ríe cuando oye hablar de la conciliación entre la vida laboral y la vida familiar. “Esta sociedad policial en la que vivimos te obliga a decidir entre formar una familia o vivir de esto”, argumenta.

Alfonso lamenta también que en España sea tan difícil practicar el secuestro exprés. “Es la fórmula ideal, pero con lo que tardan los bancos en conceder créditos, las familias de las víctimas tardan meses en conseguir el dinero del rescate. En este país es imposible trabajar así, estamos muy atrasados”, sentencia.

El secuestrador ha llegado a plantearse la opción de matar a sus cautivos para poder hacer un paréntesis y reponer fuerzas, pero enseguida la ha descartado. “No vas a quemar una cosecha que te ha llevado meses y meses de trabajo diario. Hay que seguir adelante. Aguantar, dar lo mejor de ti y esperar a que la situación mejore”, dice.

De momento, este delincuente de formación autodidacta considera que él es la principal víctima de sus propios secuestros. “Es un trabajo muy esclavo, mal visto y que te destroza los nervios”, concluye. “Te aseguro que les odio más a ellos de lo que ellos me odian a mí”, añade mientras empuja con el pie a una criatura maloliente envuelta en trapos.