El buscador más popular de Internet es incapaz de encontrar los límites de tu egocentrismo.

Tras alucinar anteayer cuando le pediste que buscara tu propio nombre -cosa que haces unas tres o cuatro veces al mes-, hoy has vuelto a las andadas como si esperaras que en tan poco tiempo un extraño suceso te hubiera puesto en boca de todos.

“Te aburres mucho, ¿no?”, pregunta Google, asombrado por tu poca vergüenza y por la falta de curiosidad que sientes ante la gran cantidad de cosas interesantes que podrías hallar en la red. Cosas que no siempre tienen que ver con tu puto ombligo, insiste el buscador.

Evidentemente, las páginas encontradas han sido las de siempre: tus propios perfiles en las redes sociales y ese señor que se llama igual que tú y que es profesor de biología en no sé dónde.

Google siente una inmensa frustración cuando piensa en el uso que haces de sus complejos algoritmos y al mismo tiempo se compadece un poco de ti porque piensa en lo absurda que es tu vida y en el lamentable hecho de que el alcance de tu ego sea inversamente proporcional al papel que juega tu persona en este mundo.