Ilusión infantil y desencanto personal

Carcajadas, aplausos y muchas miradas cargadas de ilusión pudieron presenciarse ayer durante el espectáculo cómico con serios indicios de depresión profunda del payaso Rebabas en el Circo Catacroc, en España hasta octubre.

El payaso Rebabas, de 52 años, es sin duda la estrella de todo el montaje circense y, no en vano, aparece en último lugar deleitando a su audiencia con unos números de acrobacia y mímica y una desazón vital sin parangón en el mundo del circo nacional.

“¿Cómo están ustedeeees?” preguntará Rebabas chillando a los niños para que éstos le respondan “bieeeeen” y comience el espectáculo. En su interior, sin embargo, él espera que, por una vez, por una única vez, alguien del público se interese por él y le pregunte “Amigo payaso, yo estoy bien, ¿y tú? ¿Cómo estás tú? Te escucho”.

Rebabas lleva el mito del payaso triste hasta el límite y más allá

En general, nos encontramos ante un espectáculo muy plástico, completo y bien engranado, con una escenografía sobresaliente y un cóctel muy trabajado de música, humor, slapstics, antidepresivos y alcohol. Todo presentado magistralmente por este payaso ya maduro que no recuerda lo que es la felicidad y que querría estar en cualquier otro lugar del mundo antes que delante de una horda de niños bobos acompañados por sus aún más bobos padres.

¡Qué cabriolas es capaz de dar este rey de la pista mientras su mente se refugia en otro lugar y su garganta le pide whisky! Los números cómicos se suceden con el mismo ritmo frenético al que los recuerdos de sus fracasos personales se dan paso uno a otro en su cabeza.

A la mitad del espectáculo hace entrada el mono Javi, un chimpancé disfrazado de bombero que ayudará a Rebabas a apagar un incendio arrojándole agua con cubos agujereados, acabando ambos completamente empapados de agua con hilarantes resultados mientras el payaso valora que quizá no sería mala idea cambiar el agua por vodka a partir de ahora.

“Jajaja, míralo, es muy tonto, papá”, se oyó a decir a un niño en la audiencia, que no fue capaz de empatizar con el sufrimiento del payaso y su cuadro de depresión clínica.

Mientras Rebabas piensa en su exmujer, a la que aún ama, y en que quizá valdría la pena volver a intentar lo de los doce pasos, recorrerá la pista en un micropatín mientras el mono Javi, probablemente el único ser al que puede llamar “amigo”, baila ballet en su cogote levantando la ovación más ruidosa de la tarde y poniendo un broche perfecto a un espectáculo redondo que hace que el público se levante de la silla riendo y aplaudiendo a rabiar.

En definitiva, Rebabas mostró sobre el escenario una presencia arrolladora en la que la decadencia vital y la charlotada del circo clásico se combinaban en armonía, distanciándose de propuestas más innovadoras del circo de vanguardia actual, en el que los espectáculos cómicos están llevados a cabo por jóvenes ilusionados, sobrios y en perfecta forma física.

Tras el número, Rebabas, en un alarde completamente desinteresado, ofrece cada noche un “aftershow” de cinco horas en su camerino en el que bebe hasta quedarse dormido, en una nueva muestra de su capacidad para montar numeritos inolvidables.

Lo mejor:Las risas de los niños, totalmente ajenas al torturado mundo interior de Rebabas

Lo peor:El torturado mundo interior de Rebabas, totalmente ajeno a las risas de los niños

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