Nueva y joven promesa de la interpretación

No sé si es la primera vez que Rubén Morillas, este niño de siete años de Alcalá, monta una escenita, pero está claro que su trayectoria profesional tiene mucho, muchísimo que ofrecer. Se dio a conocer hace solo un mes en la cola de las cajas de un supermercado de su barrio, cuando solicitó a su madre -con quien comparte escena- un Chupa-Chups que ésta se negó en redondo a comprarle. El espectáculo que organizó junto a su madre y hermana de tres años le ha valido nada menos que tres premios nacionales: Mejor Interpretación Masculina, Mejor Director de Escena y el premio al Espectáculo Revelación.

Algunos críticos han definido su propuesta como “metateatralidad falsamente improvisada basada en hechos reales sobre una obra fallida que rompe con la cuarta pared…”. Este crítico no puede estar más de acuerdo. Sí, es cierto, Rubén lleva a cabo un montaje premeditado que huye de la improvisación. Todo está medido: la pataleta, los gritos, los ruegos, los lloros… y la sobreactuación se impone en una interpretación algo histriónica. La obra se inicia cuando Rubén pide un Chupa-Chups y su madre ni le contesta. Y a partir de ahí el asunto va in crescendo.

Rubén y su hermanita comparten escenario en un espectáculo de difícil definición

El trabajo del pequeño contrasta con los contundentes y secos “noes” de su madre, que se reiteran una y otra vez actuando como un contrapunto rítmico y sereno a la interpretación de Rubén, que pone toda la carne en el asador para conseguir un Chupa-Chups que en realidad no desea. Solo quiere llamar la atención, es cierto, pero su exageración provoca unas risas y se hace con la complicidad de los espectadores y de la cajera del súper.

Bajo el pathos exagerado, lúdico y algo cómico de Rubén, se esconde en realidad la tragedia griega de un joven príncipe destronado por la presencia sublime de su silenciosa hermana, a quien los padres colman de atenciones. El viejo tema de los celos, en definitiva. ¿Cuándo nos daremos cuenta de que la generación del mal llamado “nuevo teatro” no es más que una relectura de los clásicos griegos?

El último acto se desplaza del monólogo del personaje masculino a un intenso diálogo entre el artista y su hermana, quien acaba metiendo baza. Se trata de una especie de metamorfosis conjunta, un tour de force definitivo entre Rubén y su hermana -a quien el niño llega a tirar del pelo- que les convierte en una pareja teatral poderosísima, equilibrada siempre gracias a la madre de ambos, que consigue poner a cada uno en su sitio.

Qué bien le sienta a Rubén la contención -motivada por la mirada enfurecida de su madre-, acostumbrado como está a la pataleta dispersa e improvisada, y qué sorpresa descubrir esa faceta suya de niño bueno que deja atrás el enfant terrible más primitivo. ¡Y cómo se desenvuelve con la palabra hablada, qué suelto, resuelto y gracioso está refunfuñando sotto voce, sorbiéndose los mocos! Da hasta lástima.

En conclusión: un nombre para grabarse a fuego el de Rubén Morillas. Muchos ya esperamos con ansia el momento en el que tenga que enseñar las notas en casa. Lástima que entonces no habrá cámaras de seguridad que puedan grabarlo y no podremos disfrutar de su furia en vivo.

Lo mejor: Cómo se mueve entre la fina línea que le separa del castigo.

Lo peor: La falta absoluta de improvisación.

Valoración El Mundo Today: ★★★★