Por más que reflexione sobre ello las largas horas que permanece en silencio en el parking, el GPS modelo TomTom Start 60M Europe no logra entender por qué Guillermo, el dueño del coche en el que lleva toda su vida, no es capaz de seguir sus indicaciones. Pese a que el aparato locuta todo lo lento que puede e incluso llega a repetir las instrucciones en algún caso, Guillermo las ignora o no las entiende, lo que se traduce en innumerables horas perdidas dando rodeos inútiles y en una intensa frustración para el dispositivo.

“La mujer siempre para a preguntar, y todo por no escucharme a mí”

Según informan fuentes cercanas al parking en el que reside el coche de Guillermo (un Ford Fiesta del 2003), el GPS llora en silencio cada noche lamentando que el único camino por el que Guillermo sepa conducir sin perderse sea el que lleva al trabajo y que el conductor, desoyendo sus consejos, opte cada día por la ruta más larga haciendo caso omiso a la voz robótica del TomTom, que se ve obligado a recalcular el camino cada pocos metros. Esa inútil labor diaria que nadie aprecia le hace sentir como un Sísifo contemporáneo condenado a un inútil trabajo sin fin. “¿Por qué cojones no me apaga, maldita sea? Si tan listo es y se sabe el camino, que me apague. Pero no, ahí me tiene, sin percibir mi agonía”, se lamenta el navegador.

“Al final, tras conducir varios kilómetros, él empeñado en ir por un sitio y yo por otro, digo ‘Para ti la perra gorda’ y ya le voy dando las indicaciones que sé que son las que va a seguir”, declara el GPS con su masculina pero quebrada voz electrónica, al reconocer que está dando unas indicaciones “contrarias a todo uso de razón”. El dispositivo reconoce incluso que, a veces, pierde a su dueño a drede “porque al fin y al cabo parece que es lo que espera de mí, ¿no? Poder abroncarme por sus errores”.

A veces, el satélite con el que se comunica el GPS envía mensajes diciendo “chico, vaya manera de ganarse la vida”.