Un numerito completamente renovado, lleno de ternura y sinsabor a partes iguales

Disfrutar de una “pantomima” teatral en familia forma parte de estas fiestas. Cada Navidad se repite: Antonio y su mujer dan el espectáculo en la cena de Nochebuena celebrada en casa de unos familiares discutiendo acaloradamente en una sucesión de escenitas que enrojecen (y hacen disfrutar) a grandes y pequeños. Es una cita ineludible. Tanto es así que desde hace algunos años, tito Antonio y tita Agustina dedican todo el mes de diciembre a ensayar para volver con un espectáculo renovado. Ayer tuvo lugar el último ensayo general de cara a Nochebuena y la prensa pudo asistir.

Tito Antonio: “No me montes una escena”

“Queremos darle más ritmo, plantear nuevos giros, que haya comedia y drama, llantos y risas”, explicó Antonio a los críticos que se acercaron a su domicilio. “Pero el final siempre es feliz, ojo: mi mujer acaba dándome un tierno besito en la mejilla para que todos los sobrinos se vayan a casa tranquilos. ¡Que es Navidad, coño, y a nadie le gusta pensar que hay un matrimonio amargado en casa!”.

“Eso se lo pongo yo en casa y me lo echa a la cara, pero en casa de su hermana todo le está bueno” es la frase de Agustina con la que arranca el espectáculo. Y a partir de aquí los diálogos están repletos de discusiones exquisitas que van de las puyitas sutiles al insulto directo y que plantean la disyuntiva entre dejar las cosas como están o hacer memoria, entre las ansias de divorcio y la pereza acumulada tras una larga vida en común. Se lanzarán a la cara todas las cuestiones que, en su vida diaria, no son capaces de decir: desde temas de alcoba a sinsabores profundos que calan muy hondo.

Una trayectoria consolidada durante décadas

Todo lo que se diga es poco ante las enormes figuras de la escena que son Antonio y su mujer. Llevan más de tres décadas casados, pero defienden un texto que sigue planteando hoy, con la misma intensidad, las grandes preguntas de la vida. Su profundidad filosófica es proverbial y les coloca por encima de Shakespeare o Lope de Vega. Y cada año lo defienden con brío y energía. Agustina con sus indirectas y Antonio con referencias constantes a su insatisfactoria vida sexual o a la escasa lubricación de los genitales en cuanto los higos secos irrumpen en la sobremesa.

Impagable el momento en el que Agustina se hace la ofendida y va a la habitación de matrimonio a hacer ver que busca su abrigo para marcharse.

La producción de este año promete ser soberbia. Destacan la escenografía y la coreografía (memorable el momento en el que la mujer levanta los cojines de la silla amenazando con lanzárselos a Antonio). Ningún año ha llegado a lanzárselos, pero el suspense a lo Sergio Leone funciona. Estamos hablando de un teatro esencial en diálogo continuo con el espacio y los espectadores, a los que no se deja de interpelar (“Dile a tu tía que no sea tan tiquismiquis, que es muy tiquismiquis”) o de pedirle a los niños que participen con números propios (“Chiqui, cántale a los yayos la canción que te han enseñado en el cole”).

Agridulce comedia negra

No dejan atrás ningún tema, por escabroso que sea. El “momento inmigración” es esperado por todos como una de las cimas de la noche. Para ese numerito, Antonio deja por un momento a su mujer de lado y hace pareja con su cuñado Alfonso: los comentarios políticamente incorrectos del tío Fernando chocan de frente con el falso progresismo de su cuñado, derivando en una espiral de argumentos que suelen culminar en un precioso “si es que es lo que hablamos cada año”, que da por concluido el número. Funciona como un reloj: no en vano, Antonio y su cuñado hacen pareja cada domingo durante el vermú con el número “guarda la cartera que a esta pago yo, camarero a este ni caso que pago yo todo lo de los dos o es que mi dinero no vale”.

Tiene diversos niveles de lectura: a los pequeños les parece un espectáculo divertido y enternecedor en el que no dejarán de participar; y para los mayores representa el drama de una pareja que en apariencia no se soporta pero que, sin embargo, está condenada a permanecer junta porque se merecen el uno al otro.

En definitiva. Vuelve la Navidad y tito Antonio y tita Agustina tienen, como siempre, ganas de guerra.

Lo mejor: salvan la cena de Nochebuena, que sería insufrible sin ellos.

Lo peor: es imposible librarse de ellos.

Valoración El Mundo Today: ★★★★★

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