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Lo mejor de lo peor del arte de vanguardia

El Museo de Arte Moderno de Madrid acoge desde hoy una esmerada selección de obras capitales de las primeras vanguardias artísticas que no colgarías en el salón de tu casa ni en broma, aunque ni queriendo podrías tenerlas porque valen un auténtico pastizal.

La muestra, que se abrirá al público esta misma tarde y durará hasta el 20 de febrero, sigue una línea que va desde las manchas absurdas del postimpresionismo y la fascinación por los colores al tuntún a las primeras “performances” de Joseph Beuys en las que el artista hacía marranadas como cubrirse el torso de miel. El comisario ha explicado que la retrospectiva “se centra en esos 50 o 70 años en los que se produjo una auténtica explosión creativa y se amplió el concepto de arte hasta la mamarrachez”.

Matisse, Picasso, aquel otro “pintor” de los churretes…

La exposición está estructurada cronológicamente para que sea posible apreciar el diálogo y la evolución de un artista a otro. Al hacer el recorrido resulta notorio, por ejemplo, que los rayotes del joven Picasso acaban derivando, años después, en los churretes sin sentido de Pollock. La exposición incorpora una obra de gran formato de este artista, que podría haber sido pintada por un gato al que le hubieran atado un cubo de Titanlux a la cola y corriera desesperado por salvar su vida. Emoción hecha pintura. Espontaneidad. Viveza. Bostezos.

Aunque hay muchos artistas y la selección es amplia, merece la pena dedicar unos minutos a contemplar cada pintura. Todas y cada una de ellas tienen detalles que incitan a reflexionar sobre el devenir occidental en el período de entreguerras y sobre en qué demonios estaba pensando el artista cuando decidió desafiar los cánones clásicos de belleza para pintar una teta cuadrada o un Jesucristo que parece una ardilla chillona con muletas.

Compuesta de pinturas, esculturas y fotografías que podrían estar colgadas del revés y no se daría cuenta ni el mismo artista, la exposición se divide en salas que condensan lo más incomprensible de cada etapa de la cronología, remarcando a cada momento la ignorancia del espectador, que siente que nunca podrá acceder a la verdad que se supone que esconden estas históricas chaladuras. La visita arranca con una sala dedicada al fauvismo que muestra una deliciosa colección de dibujos de pequeño formato repletos de trazos al azar que hacen que las paredes de la estancia parezcan las de la guardería a la que va tu sobrino Marcos.

Sin duda, a nivel patrimonial, las joyas de la exposición son dos piezas de la etapa rarita de Picasso, un período en el que el pintor malagueño fue especialmente críptico porque se sentía “así, asá, pero no, no, estoy bien, no te preocupes” y en el que se encerró en casa para pintar bodegones porque no le apetecía salir. Es inevitable pararse ante esos cuadros y pensar que alguien debería haberle explicado a Picasso que es preferible pintar la botella de anís antes de bebérsela.

“Mierdas que no se entienden de las primeras vanguardias (1910-1970)” es una oportunidad única que no deberías perderte si deseas tirar una tarde a la basura recorriendo las mamarrachadas incomprensibles que supusieron una renovación del lenguaje artístico y que, de alguna manera, condicionaron la transformación de la modernidad convirtiéndola en esta cosa que es hoy en día.

Lo mejor: el baño está muy limpio, se nota que lo cuidan.

Lo peor: es imposible ponerse cachondo con los cuadros de desnudos porque las tetas son cuadradas.

Valoración El Mundo Today: ★★★★★[/box]

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