“Cuando lo vi en el mercadillo rodeado de trastos y cubierto de mugre no hubiera dado dos duros por él”, dice María Dalmiol sobre el chico que conoció hace dos semanas en un mercadillo ambulante de segunda mano y antigüedades. La sorpresa llegó después cuando, tras llevárselo y conocerlo más profundamente, comprobó que su valoración inicial no era acertada “y pensé que más que un ‘rollete’ podía tener delante un buen partido”.

María es la primera sorprendida con el hallazgo y admite que, cuando lo vio por primera vez, estaba apoyado sobre unas cajas y se lo miró sin mayor interés -“En realidad me acerqué porque al lado había unas sillitas ‘vintage’, que era lo que me había llamado la atención”, ha explicado-. Sin embargo, se decidió a hablar con él y “sin saber cómo, me lo terminé llevando a casa”.

La mujer reconoce que acude a los mercadillos “para revolver un poco y quedarme con lo que nadie quiere aunque sea de segunda o tercera mano, porque no soy nada escrupulosa”, y dice que estaba más interesada en “encontrar cosas raras” que en el propio hombre en sí; de hecho, había decidido abandonarlo al acabar la semana “al lado de cualquier contenedor”.

Al parecer, cuando se disponía a hacerlo, su madre le dijo que se lo pensara porque “podía tener entre manos algo realmente auténtico y valioso”. María decidió acudir a especialistas para que evaluaran al joven. “Se lo presenté a mi hermana y me dijo ‘Nena, aquí tienes una buena pieza, no lo sueltes ni para atrás'”.

Por su parte, el hombre ha declarado que él, al principio, también pensó que María solo era “una mujerzuela que únicamente atrajo mi interés por su valor decorativo”.