Ayer por la noche, y tras horas de intenso forcejeo, los bomberos de Tarragona lograron separar a dos compañeras de la Asociación Feminista @[email protected]@y@ cuyos pelos de las axilas se habían enredado entre sí. Las dos mujeres, que se abrazaron fuertemente en el transcurso de un taller de teatro, tuvieron que pedir ayuda tras intentar separarse ellas mismas durante dos horas empleando aceites esenciales. Aunque exigieron ser atendidas por bomberas, no había mujeres disponibles en el cuerpo de bomberos y hubo que admitir la entrada de hombres en el local de la asociación de forma excepcional. “Se nos separó entre risas y sin ninguna sensibilidad”, se quejan las víctimas.

Aunque no es habitual que se produzca un incidente de estas características, el agente Fulgencio Berdez, con casi 30 años de experiencia “incluyendo travesías en la selva del Perú”, precisa que “nos encontramos con una maraña de pelos de una frondosidad fuera de lo común, muy alejada de los estándares humanos”.

Paciencia y mucho desodorante para evitar mareos

Como no pudieron usar sopletes que hubieran quemado la piel de las mujeres, los bomberos tuvieron que emplearse a fondo realizando pequeños cortes “y rociando la zona con desodorante de forma continua para evitar mareos y ataques de pánico”.

Las afectadas creen que los bomberos “no fueron capaces de resolver el tema sin emplear la fuerza bruta, no quisieron buscar vías alternativas y de pensamiento lateral”. Agradecen el esfuerzo pero critican que los agentes “no actuaran de forma proactiva” y no tuvieran la sensibilidad de evitar “comentarios machistas y bromas ancladas en los tópicos más cavernícolas”.

Acude a una iglesia para que bendigan sus “santos cojones”

Muy cerca de la asociación feminista, en la ciudad de Reus, un individuo víctima de una subida de testosterona irrumpió en una iglesia pidiendo que bendijeran “mis santos cojones”. Golpeándose fuertemente el pecho y emitiendo rugidos animales, mostró sus genitales al público e insistió en mojar sus testículos en el agua bendita. “Estaba fuera de sí, incapaz de razonar”, explica el cura que tuvo que lidiar con el sujeto, quien finalmente se desvaneció. Una vez recuperado, no recordaba nada de lo ocurrido.