Ismael Serrano, el cantautor que nos deleitara con la canción ‘Papá cuéntame otra vez’ y con el disco ‘La memoria de los peces’ vuelve con un nuevo disco (Cuando los perros canten, 2011). Y vuelve con menos miedos. Con más ganas de despertar conciencias que nunca. Con su voz de siempre, tan vibrante como sus letras. Y vuelve también con un mendigo bajo el brazo. Buscaba un nuevo sonido: se ha deshecho de su vieja y querida guitarra acústica y en su lugar usa los gritos rasgados de un vagabundo que conoció en el metro de Madrid.

Pregunta. ¿Tiene nombre?

Respuesta. No lo sé. Ahora le llamo “Stratocaster”. Al principio le llamaba “Layla” pero me mordió.

P. ¿Ha cambiado tu manera de tocar o entender la música?

R. No demasiado. Mi proceso de creación es el mismo: le agarro un brazo como si fuera el mástil y él hace ruidos con la boca imitando los de una guitarra. Sus uñas negras parecen clavijas… En el escenario él y yo somos uno. Francamente, a veces parece que cobra vida propia cuando le rasgo el brazo

P. Más acústico imposible, ¿no?

R. ¡Exacto! Eso es lo que quería parecer: más auténtico, más desgarrado, más doloroso, más humano en definitiva. Siempre he pensado que mis canciones nacen de los desfavorecidos. Pero no comprendí hasta hace poco que tenía que llevar eso más allá, a un sentido literal. Este disco es un ejercicio de sinceridad y surge de una necesidad muy personal.

P. ¿Tu disco más íntimo?

R. Sé que suena a tópico, pero es cierto que es mi disco más auténtico, transparente y sincero. Muchos dirán que eso es imposible porque he necesitado a otra persona para componer las canciones. Pero eso es porque no vieron la atmósfera única que se respiraba en el estudio, o esas noches, después de los conciertos, en las que me encerraba con él a solas en la habitación del hotel y trataba de arrancarle una canción hasta que amanecía.

P. ¿Crees que estás maltratando a Stratocaster? En los solos le tiras de la barba…

R. Soy un cantautor. No hago rock… no soy Jimmy Hendrix, así que nadie debe temer porque no voy a prenderle fuego o a obligarle a que se dé cabezazos contra el amplificador (risas). Es cierto que, para conservar su sonido, tengo que seguir suministrándole crack, dándole un poco de comer… Se pasa la mayor parte del día mascullando cosas sin sentido y pidiendo dinero para vino.

P. En el tema “Pañuelo de esperanza” has ido más allá y has sustituido la batería por un niño palestino que se da golpecitos en la cabeza…

R. Todos los músicos tienen colecciones de instrumentos, uno para cada momento… Yo también aspiro a tener una colección de mendigos. Una docena al menos. Los de tipo “alcóholico agresivo” tienen un vibrato muy particular. Y los que son extranjeros proporcionan un toque de exotismo único para hacer fusión. Lo del crío palestino va en esa línea.

El concierto que dará inicio a su gira tendrá lugar la semana que viene en la sala Galileo Galilei de Madrid y contará con un coro adicional de rumanas del metro.