El pasado jueves, Londres amaneció con una nueva pintada de Banksy, el popular grafitero que mantiene en secreto su identidad. Sus obras, de fuerte contenido político, se venden por decenas de miles de libras en las galerías de arte. Sin embargo, esta última creación tiene intrigados a críticos y aficionados, que no logran descifrar su mensaje. “No se entiende una puta mierda, coño”, se lamentaba un crítico de arte en el diario británico The Guardian. En el mural (cuya caótica composición está conformada por diversos símbolos y figuras dispares) destaca la presencia de la muerte aguantando una raqueta y con el rostro convertido en una pelota amarilla.

“¿Está queriendo decir ‘muerte a los tenistas’? ¿O más bien trata de decirnos que hay que tomarse la muerte como si fuera un juego?”, comentaba otro experto ante la obra mientras se arrancaba pelos de la perilla con desazón. “Quizá la muerte forme parte ya del negocio del entretenimiento… Preguntas y más preguntas. ¿Qué narices es esa cara con el símbolo del dólar? ¿El dinero es bueno o es malo al final? ¿En qué quedamos, joder?”.

Varios snobs han tenido que ser atendidos por los servicios sanitarios con cuadros de ansiedad y, de hecho, una ambulancia no se ha movido del mural desde que éste se descubrió. “Algunos empiezan a hiperventilar y tienen ataques de pánico al ver que no entienden la pintada”, explica uno de los médicos. También ha habido jóvenes que han fingido desmayos para no tener que dar su opinión sobre la pintada al ser preguntados. “Me gustaba más cuando se limitaba a ironizar sobre la lógica del capitalismo y las paradojas que conlleva creer en un Estado como fuerza opresora”, comenta un joven londinense. “Muchos de mis compañeros se han ido a saquear tiendas de puro nerviosismo”.

Pese a que el autor era conocido únicamente entre entusiastas y expertos, las pintadas de Banksy son subastadas y vendidas en galerías desde hace algunos años. Para ello, es preciso extraerlas de su lugar de origen. “A mí me quitaron una pared de mi casa porque había una pintada, muy valiosa ella. Y luego me quitaron otra pared porque también había otra pintada. Es raro vivir así pero entiendo que el arte es nuestra única vía de escape frente a esta realidad que nos oprime y maltrata”, dice la propietaria de una mercería del barrio de Candem. “Solo le pido a este señor que, si tiene que pintar más cosas, lo haga en casas de otra gente porque a mí únicamente me quedan dos paredes, y esa manera de enfrentarse a la realidad, por artística que sea, da un poco de frío”.