Este domingo se celebran los 30 años del sida. Aunque oficialmente no se llamó sida hasta 1982, la “era del sida” empezó el 5 de junio de 1981, cuando los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos convocaron una conferencia de prensa para describir cinco casos de una neumonía atípica. Lo que vino después es de sobra conocido por todos: nada de bromas y muchas, muchísimas manifestaciones de apoyo a los enfermos, tanto a los homosexuales como a los otros. A causa de la gravedad de la enfermedad y de la proximidad de los grupos de riesgo (¿Quién no se ha inyectado heroína alguna vez con una jeringuilla prestada?) en poco tiempo devino tabú; quizás el último gran tabú del siglo XX junto con el erotismo de los niños desnudos. Por ello, habiendo transcurrido un periodo de tiempo que se considera prudencial, la OMS ha declarado que este domingo ya podrán hacerse bromas sobre los drogadictos, el sexo anal o la pérdida de peso.

Pese a ello, no faltan voces críticas que consideran que el problema es lo suficientemente grave como para que no se pueda bromear sobre él hasta, por lo menos, 2031. Argumentan que la pérdida de seres queridos es siempre un tema doloroso aun habiendo pasado treinta años, y que hasta transcurridos cincuenta el dolor no remite del todo.

En España, uno de los países más homosexuales de Europa, la oposición a los chistes es un tema presente en muchas asambleas que se celebran en las acampadas de indignados. Pese a ello, las corrientes favorables opinan que si se hacen bromas sobre problemas dolorosos como la crisis del PSOE, también pueden contarse chistes sobre semen y jeringuillas.