Asunción Sarastro se enfrentó ayer a un grupo de albañiles que trabaja en una obra cercana a su domicilio. Les acusa de minar su autoestima por pura maldad. Piropean a chicas mucho más feas que yo y luego, cuando paso por delante de la obra, fingen que no me ven y se callan, explica. Sarastro asegura que ninguna mujer merece ser tratada con tanta indiferencia, es la peor forma de desprecio. Tras pasar doce veces por delante de los albañiles sin obtener elogio alguno, la mujer enfureció y se encaró con ellos, llamándoles desalmados y homosexuales. Lo que nos llamó fue maricones. Y cegatos de mierda también, matiza el capataz.

“Les di nada menos que doce oportunidades para estar a la altura”, insiste Asunción Sarastro. “Nunca había hecho tantos viajes al supermercado. Las cajeras no entendían nada. Y encima me quedaba un rato delante del andamio y me recolocaba el escote. A uno le pillé mirándome de refilón. Cuando se dio cuenta, subió el volumen del transistor y siguió con lo suyo. Hay que ser hijo de puta”, explica.

Los albañiles alegan que “ahora que hace buen tiempo hay sobreabundancia de muchachas con tirantes. No podemos atenderlas a todas y tampoco es nuestro trabajo. Desde que rehabilitamos una fachada en Chueca y tuvimos que aguantar los piropos que nos lanzaban los gays desde la calle, entendimos que puede resultar desagradable tanto elogio. Procuramos moderarnos desde entonces, por empatía”.

Tras el enfrentamiento con los obreros, Asunción consiguió que éstos se comprometieran a alabarla de vez en cuando por respeto a su feminidad. “Uno de ellos silbó y me llamó ‘guapa’ tímidamente y sin convicción. Lo agradezco, pero de este andamio han salido piropos mucho mejores, que los he oído yo. Cuando están motivados, sueltan cosas como que te comerían la regla a cucharadas, frases que hacen que te revuelvas del asco. Creo que no es tanto pedir”, argumenta la mujer.