Sus primeros filmes, “La Náusea” y “Piel y temblor”, de corte netamente experimental, ya marcaban el camino que seguiría el director: un sendero sin vallar por el que no ha dudado en despeñarse cuando ha sido necesario. Una retahíla de escenas autobiográficas que retratan vivencias cotidianas (en el súper, en la cama, en el sofá, sobre la lavadora) magistralmente combinadas con frescos expresionistas de toque surrealista (en un barco, en gravedad cero…). “Me gusta mezclar ficción y realidad, es cierto”, explica Vidal. “De hecho, si interpreto yo mismo mis personajes es precisamente por eso. ¿Dónde empieza Nacho y dónde termina? Hay muchos centímetros de ambigüedad en esa pregunta. Es pura metafísica. Yo, personalmente, creo que más que actor soy narrador omnipresente”.

Los críticos confirman la trayectoria de Nacho Vidal como narrador. Hace pocos días, Antonio Weinrichter, experto en documentales, sentenciaba: “Uno puede intentar acercarse a un creador a través de su obra o renunciar a tratar de entenderle y limitarse a observar, como el que ve llover desde una ventana: sea como fuere, es imposible permanecer indiferente. Y cuando se habla de Nacho Vidal, pollón entre pollones, todo acaba reduciéndose a eso”.