Durante unos minutos, Elena estuvo valorando si merecía la pena abandonar el refugio del sofá para enfrentarse al frío y volver con el mando a distancia, pero el devenir de sus reflexiones la sumió en un estado de duermevela que culminó, finalmente, en una pequeña siesta involuntaria.

“Fue pan para hoy y hambre para mañana porque, al despertarme de la siesta, el problema seguía sin solucionarse y lo primero que vi al abrir los ojos fue el mando del televisor”, explica. “Intenté convencer al perro para que fuera a buscarlo, pero él estaba en su camastro, también tapado con una manta, y no me hizo demasiado caso. Así que me volví a dormir”.

Tras dos horas de cabezadas sucesivas, Elena decidió levantarse a por el mando del televisor enroscando la manta alrededor de sí misma como si se tratase de un batín, pero tropezó con uno de sus extremos y cayó al suelo. “Al final acabé arrastrándome por el suelo como si fuera un pequeño gusano, pero pude coger el mando y regresar al sofá”, declara. “Lo malo es que, con el movimiento, me entró una especie de borrasca fría por las piernas y sentí unas ganas terribles de orinar”.

Cuando Marisa -la compañera de piso de Elena- llegó a casa, se encontró a ésta rogándole que le alcanzara una botella de cerveza vacía “para una cosa que tenía que hacer”. Marisa, sin embargo, se temió lo peor y, para obligar a Elena a levantarse, tiró de la manta.

“Fue horrible, allí debajo había de todo: kleenex usados, el portátil, el mando del televisor, una bolsa de patatas vacía, tarros de yogur, cucharillas sucias… Estaba hasta el perro. Eso sí fue tirar de la manta y no lo de Wikileaks…”, confiesa.

Finalmente, y tras ir al baño a orinar, Elena se decidió a encender la calefacción.