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El trabajador reconoce que no es un informático al uso y que hace cuatro años se dedicaba al diseño gráfico. “Visto más bien moderno, informal pero con cierto estilo. Me gusta la ropa de marca, me cuido y estoy bastante al tanto de las últimas tendencias. Forma parte de mi personalidad y no veo por qué eso debe influir negativamente en mi trabajo”, argumenta Pardo. La empresa cree que la indumentaria “marca también la actitud con la que los empleados afrontan sus responsabilidades e influye en el modo en que son tratados por los demás. El hecho de que dé más envidia que lástima hace que la gente se dirija a él en un tono que no es el habitual”, explica el jefe directo de Andrés.

La empresa espera que el informático “haga el esfuerzo de integrarse en su departamento y no intente aparentar algo que no es”. Sin embargo, Pardo asegura que no cederá y muchos de sus colegas reaccionan con recelo ante su negativa. “Nosotros no acostumbramos a vacilar así a los superiores. Si realmente quiere vestir y comportarse como un tío guay, que vuelva al tema del diseño, que se haga DJ y que se traslade a Barcelona. Si se queda aquí, que haga lo que se espera de él”, afirma uno de sus compañeros.