Dolores Parmalat me recibe en su casa. Es un pequeño apartamento situado en el barrio de Gràcia, en Barcelona. Sabiendo que es portavoz en España de la protectora PETA, le dije que no me gustan los animales y ella me contestó que no habría problema. Justo al abrir la puerta, me recibe con un gato en brazos y un pequeño bulldog francés, ambos vestidos con pequeños chalecos de lana. Al perro le faltan las piernas traseras, por lo que se ayuda de una pequeña tabla con ruedas. “Mis mascotas no son más animales que tú o que yo”, me aclara esbozando una media sonrisa.

Parmalat, con otro de sus perros.

Avanzamos, en silencio, por un estrecho pasillo lleno de fotografías de animales y parafernalia new age. Lo único que se oye es el chirriar de las ruedas con las que se desplaza el pequeño perro, que avanza moviendo las patitas delanteras. En el comedor, un enorme mastín danés, vestido con un viejo albornoz, mira “Los Simpson”. “Es de esos que se tragan lo que les echen. Luego empalma con ‘Padre de familia'” explica Dolores, que me invita a tomar asiento en una mesa baja de estética colonial, aunque todos los cojines tienen un gato encima y prefiero arrodillarme en el suelo.

Hace unas semanas, Parmalat hizo llegar a los medios de toda España un manifiesto en el que pedía que se establecieran medidas para asegurar que los animales, sean de la especie que sean, puedan mirar la televisión sin que se les transmitan valores inadecuados. “Los animales domésticos dedican unas 4 o 5 horas diarias a ver la televisión”, explica mientras se dirige a la cocina. “Aunque Tordo es un adicto y debe de pasarse 10 o 12 horas delante del trasto, pero es una excepción”.

Cuando vuelve de la cocina me sorprende comprobar que el cuscús lleva pollo. “No soy vegetariana. ¿Por qué habría de serlo? Los animales nos comemos los unos a los otros. Lo que hago, eso sí, es asegurarme de que el pollo haya muerto de forma natural y no asesinado cruelmente. Me como lo que a la Naturaleza le sobra”. Cuando pruebo el pollo, con ligero sabor a moho y enfermedad, entiendo a lo que se refiere.

Dolores, desde PETA (“People for the Ethical Treatment of Animals”), pretende presionar al Ministerio de Industria para que acuerde unas condiciones mínimas y un “horario canino”. “Que en ese espacio no se trate a perros y gatos como si fueran esclavos, que se les entretenga, que no se les contamine el cerebro. Tal y como está la cosa ahora, nada le impide a Tordo ver el canal ‘Caza y Pesca’ y convertirse en un genocida”. Según algunos estudios que me enseña, lo habitual para un animal doméstico es ver la televisión durante la sobremesa, justo cuando sus dueños hacen la siesta. “Y a esa hora dan documentales de animales. ¿Tú dejarías a tus niños ver pornografía? Yo intento que mis gatos vean ‘Sálvame’. Por suerte les encanta, pero no hay una oferta ideada expresamente para los espectadores más peluditos”, se queja.

Me gustaría ver un informativo presentado por un hámster

Cuando le menciono “Rex, el perro policía” como uno de esos programas que podrían considerarse aptos para animales, Dolores se enerva. “En esa serie muestran a un perro completamente sometido a la voluntad de un grupo de hombres violentos y estúpidos. Tordo vio un par de capítulos una vez y su comportamiento se tornó errático, no dejaba de ladrar y de husmear por todas partes. Incluso descubrió un asesinato. Y eso no es algo que deba hacer un perro, por mucho que luego le dieran la llave de la ciudad. Luego estuvo unos días en los que no se le podía ni hablar de lo subido que estaba”. Mientras Dolores recoge los platos, miro a Tordo, que ha comido en la mesa con nosotros aunque no ha dejado de observar el aparato de televisión.

“Me gustaría ver un informativo presentado por un hámster”, insiste la entrevistada desde la cocina, “pero admito que mucha gente no está preparada para eso. Propongo pequeños cambios graduales como, por ejemplo, meter a un reptil haciendo un papel secundario en ‘Física o Química’. Un papel pequeñito para ir acostumbrando al público. Incluso sin diálogo, si me apuras”.

Cuando le pregunto a Dolores por qué lucha con tanto ahínco, la sonrisa se evapora de su rostro. “Mi padre fue un genocida, tenía una granja de cerdos. Sólo intento restaurar parte del daño que hizo él”, confiesa con la mirada triste. Y ella y el perro paralítico me acompañan a la puerta en silencio mientras Tordo se queda en el salón viendo la televisión. En la escalera, oigo a los gatos maullar la melodía de “Sálvame”.

Domicilio de Dolores Parmalat y sede en España de PETA.

– Cuscús.
– Té verde.

Total: cortesía del entrevistado.