Docenas de fiestas de toda la Península y toneladas de ganas de juerga se han quedado en nada después de que las fuertes ventiscas que azotan España hayan hecho volar por los aires varios kilos de cocaína. Cientos de personas, mayoritariamente jóvenes que quieren vivir la vida al máximo sin miedo a las consecuencias, han sentido cómo la diversión se les escurría entre los dedos sin poder hacer nada por evitarlo y tras haber invertido no poco dinero en ello. “Te quedas con la miel en los labios por culpa de la mierda de la Naturaleza. El Gobierno debería haber activado algún plan de emergencia para estos casos, avisar de que no pillemos o algo” dice un joven que se encuentra especialmente abatido y nervioso.

“Las drogas, sean duras o no, deberían pesar más para que algo así no volviera a suceder”, afirma un hombre de aspecto rudo que “sólo vende a los amigos” y a quien el término “narcotraficante” le parece algo demasiado cinematográfico como para sentirse cómodo con él. “Fue salir a la calle y toda la mercancía a tomar viento. Estoy empezando a pensar que debería hablar con mis suministradores -que también son amigos míos y no se dedican a ello con ánimo de lucro- para decirles que quizá deberían valorar lo de cortar la cocaína con plomo u otros elementos más pesados, para que fuera resistente a temporales y eso”.

Más allá de los pequeños narcotraficantes, las repercusiones económicas del vendaval son difíciles de calcular. Un ejecutivo de Madrid que suele consumir cocaína en el balcón de su oficina no ha podido hacer nada para recuperar la agresividad y el arrojo que caracterizan su estilo de hacer negocios. “He salido al balcón y ha sido sacar la coca y perderla de vista”, explica entre convulsiones. Sus jefes esperan que recupere su ímpetu a finales de semana porque, de lo contrario, se verán obligados a despedirlo. “Sin droga me convierto en un blandengue triste incapaz de motivar a mi equipo, de tomar decisiones o de contar chistes machistas a mis compañeras de trabajo”, reconoce.

Ante la necesidad de divertirse sin consumir sustancias estupefacientes, muchos españoles han decidido quedarse en casa sin salir y buscar alternativas de ocio como por ejemplo llamar a sus madres o leer un libro inspirador de Krishnamurti. En la ciudad de Barcelona diversos narcotraficantes escalaron las torres de la Sagrada Familia para esnifar el aire y ver si “pillaban algo”.