Jesús ya no se parece en nada a la vieja fotografía de su ficha policial. Pese a tener sólo 42 años, su voz es áspera y camina encorvado. “Son muchos kilos de tierra los que han cargado estas espaldas en los últimos años”, dice mientras me tiende la mano más rugosa que he apretado nunca. “Nos la comíamos. La arena, digo. Era la mejor manera de hacerla desaparecer sin que nadie sospechara”. Y tras decir esto entiendo que no se moleste en quitar el papel de plata para comerse el bocadillo que he traído.

“Éramos sólo diez presos. ¿Qué podíamos hacer? Siempre pensando en huir pero nos faltaba un plan”, explica. “Somos gente dispersa y estamos todos muy jodidos. Entonces Flores, uno de los convictos más jóvenes, dijo que él tenía unos amigos en otra cárcel y que si hablábamos con ellos seguro que se nos ocurría algo, por aquello de que cuatro ojos ven más que dos. Y pensamos en hacer un túnel para poder reunirnos con ellos. Durante tres años me leí todos los libros de ingeniería que había en la biblioteca. Y luego empezamos a cavar. Yo lideré la cosa, es cierto, pero sólo porque soy el único que sabe leer”.

Cuando al fin Legado y los suyos llegaron a la otra cárcel, situada en Valladolid, los funcionarios no tardaron ni tres horas en comprobar que tenían diez convictos de más. Acabó descubriéndose el túnel, los presos intrusos fueron devueltos a su prisión y poco a poco se fueron revelando datos sobre el conducto excavado que impresionaron a los ingenieros: 115 kilómetros de longitud, 5 metros de ancho, vestíbulo con un recepcionista que informaba sobre el trayecto, parquet, paredes alicatadas y diversas chaise-longues a lo largo de todo el recorrido. En los dos últimos meses, Jesús ha dado ya varias charlas en facultades de ingeniería de toda España. “Yo les digo a todos que ese túnel es lo de menos. Lo importante siempre fue poder reunirnos con nuestros socios para idear un plan. El túnel era el primer peldaño hacia la libertad. Un medio, no un fin”, puntualiza.

Devora el bocadillo con fruición y al acabar se moja el dedo con saliva y recoge, una a una, las migas que han ido cayendo sobre la mesa. Ese gesto refleja hambre acumulada, así que le pregunto por las condiciones de la comida de la cárcel. “No es tan mala, lo que pasa es que durante el tiempo que construimos el túnel comíamos sólo la mitad. Las viguetas centrales están construídas con palitos de surimi y huesos de pollo, por ejemplo”.

Cuando pido que me hable de sus compañeros tuerce el gesto. “Algunos me culpan del fracaso del plan. Pero el plan era llegar a la otra cárcel y preguntar, se supone que esto estaba claro”, explica con los ojos húmedos. “Yo he hecho muchos sacrificios por ellos. Hace tres años que podría estar fuera, en la calle, pero me quedé para terminar la excavación con ellos. Tuve que estrangular con tallarines a un tipo para que me cayera una nueva condena. No me hubiera gustado dejarlo todo a medias”.

Jesús ya no quiere colaborar con otros compañeros, se ha vuelto solitario. “Excavaré otro túnel, pero esta vez directamente hacia la libertad, no a otra prisión. Tengo un amigo que conduce helicópteros. Quizá le pido que venga volando hacia el patio de la cárcel y me traiga una tuneladora industrial o algo así”.

Cárcel de Siete vientos.

– 2 bocadillos.
– 1 termo de café.

Total: 8 €.