Antón con la mano en la bragueta y los ojos entrecerrados.

Antón en un bar con la mano en la bragueta y los ojos entrecerrados.
“Es una sospecha, quisiera pensar que en realidad está jugueteando con unas monedas o algo, pero vaya, si se confirma habrá que hablar con los jefes para que pongan fin a esta situación. No sé, uno no puede estar hablando con un cliente y rascarse, literalmente, los huevos”, dice otra oficinista. “No creo que despedir a alguien porque se rasca los cataplines en el trabajo pueda considerarse despido improcedente, además”.

“Ves que se mete la mano en el bolsillo y que toda la martingala se mueve. Que hay mucho movimiento allí abajo. Que no es normal, vamos. Que no es sólo una postura, que hay algo más”, dice otra colega del sospechoso. De hecho, son las chicas de la oficina las que están más turbadas por la costumbre de Antón. Entre todas han escrito una carta a su novia. Primero porque no saben a qué se dedica Antón todo el tiempo. Luego para que vigile que no le vaya a pegar ladillas. Y por último, con el fin de que le cosa los bolsillos del pantalón “y así ya no pueda estar todo el día ahí dale que te pego”.

Cuando la semana pasada se celebró una reunión entre todos los compañeros de la empresa aprovechando que Antón había ido al dentista y las mujeres tildaron de “asquerosa” su costumbre, los hombres que había presentes carraspearon y sacaron rápidamente las manos de los bolsillos mientras ponían cara de sorpresa y comentaban “lo guarro que es Antón”.