Anthony Frost, gerente de una importante multinacional farmacéutica, vio interrumpido ayer su discurso en una junta de accionistas por culpa de una llamada telefónica. Aunque tenía el timbre del teléfono desactivado, pudo ver que quien llamaba era su esposa. Temiendo que se tratara de una urgencia -su suegra está en el hospital aquejada de una pulmonía-, respondió de inmediato y comprobó que su mujer sólo quería expresarle su más profundo afecto. Obligado a decir “yo también”, provocó carcajadas entre la audiencia.

“Esta situación es más frecuente de lo que cabría suponer. Cuando nuestra colaboradora sexual nos comunica algo que ya sabemos de antemano y que ella también sabe que sabemos, es que pretende iniciar una charla donde lo importante no es lo que se está enunciando, sino el subtexto de la conversación”, explica el doctor Soler, especialista en psicopatología conyugal. “Como en un partido de tenis, la esposa del señor Frost lanzó un ‘te quiero’ para ver cómo le devolvía la pelota su marido. Sabía que llamaba en horario laboral y, por lo tanto, le estaba retando a responder con entusiasmo sin que se notara que tenía la cabeza ocupada en otros asuntos. De haber fallado, Frost probablemente hubiera tenido que entomar un ‘siempre has sido muy frío’ o un ‘creo que ya no me quieres’. Aunque consiguió aprobar con un contundente ‘yo también’, perdió autoridad ante sus compañeros. Todo no se puede tener”, sentencia Soler.

Cuando Frost colgó el teléfono y aseguró ante todos que sentía mucho la interrupción, los asistentes a la reunión exclamaron al unísono “yo también”. El ejecutivo tardó más de veinte minutos en encauzar la junta de accionistas hacia un tono formal y disciplinado. Aún y así, de vez en cuando se oía alguna carcajada espontánea seguida de un “lo siento” y de un “yo también”.

La suegra de Anthony Frost, por su parte, evoluciona favorablemente.