Daniel Mojácar en el momento de ser inscrito como artista visual.

Pese a rechazar el tipo de vida que lleva desde hace tres años, sólo hace falta charlar con él tres minutos para darse cuenta de que tiene un talento artístico inusual, aunque él no lo reconozca. Mientras me cuenta cómo empezó todo y defiende que él es un poco dejado con su aspecto pero que “ser desaliñado no significa ser un genio”, hace filigranas con la menestra de verduras. Cuando le digo que con los guisantes ha reproducido el personaje de “El grito” de Edvard Munch, se echa a llorar y dice que lo único que pretendía era apartar las zanahorias, que no le gustan.

“Soy un esclavo de la comunidad artística. Y no es que a mí el arte no me interese”, explica. “Yo tenía la pared del comedor llena de platos decorativos de cerámica. De hecho, del arte actual, lo único que me gusta es aquello de gotelé que hizo un español en la cúpula de la ONU en Bruselas. Mi piso también era todo gotelé. Es muy español y, además, va bien porque disimula los baches del yeso”. Está harto de exposiciones, entrevistas y repercusión mediática y reivindica su derecho al desaliño: “A veces pienso que en vez de descalzo y despeinado debería haber ido por la calle con una manta de cuadros por encima. Alguien me habría inscrito en algún torneo de golf y ahora, al menos, sería millonario”.

Según él, lo peor es cuando intenta aclararlo todo y buscar al responsable que le inscribió en la Asociación de Artistas Visuales: al parecer, todos creen que están ante otra de sus performances y se limitan a aplaudir mientras él llora desconsoladamente y pregunta por su mujer. “No me da tiempo a volver a casa porque mis representantes me llevan de una ciudad a otra y cuando pido un teléfono me dicen que los artistas no deben embrutecerse con la tecnología. Lo único que quiero es que me dejen en paz. No volveré a ir descalzo por la calle, lo juro”, dice.

La exposición retrospectiva está vacía y sólo se oyen los ronquidos del supuesto artista en una grabación cíclica. “No sé quién los grabaría, la verdad” explica mientras se come la guarnición del bistec tártaro, sin atreverse a tocarlo. La crítica ha aplaudido la muestra pero él la considera tétrica: “Tétrica e irónica, porque fue precisamente mi manera de roncar lo que hizo que discutiera con mi mujer, saliera a la calle y ocurriera todo esto”.

Lo cierto es que, pese a su aparente rechazo, uno no puede dejar de pensar que su ahínco al transmitir rabia por el arte no es más que una pose de artista rebelde. Y es que Mojácar desprende talento en todos sus gestos. Después de que su representante se lo lleve -sin dejarle terminar el postre- compruebo que ha querido agradecerme la entrevista regalándome uno de sus poemas visuales. En el bolsillo de la chaqueta me ha dejado una servilleta en la que pone “Socorro” escrito con coulis de grosella. Podría alcanzar sumas récord en una subasta.

Cafeteria del CCCB.

– Menestra de verduras con brotes.
– Risotto de setas.
– Bistec tártaro.
– Pasta tres quesos.
– Helado de vainilla con coulis de grosella.

Total: 21 euros.