El escritor empezó a pensar en los genitales femeninos hace muchos años, cuando vio por primera vez a su mujer desnuda con la luz encendida. Desde entonces han sido una de sus obsesiones, pero no fue hasta 2008 cuando se puso a escribir este libro. Lo terminó en tres meses. “Estaba en una especie de trance. Nunca me había sucedido, por lo menos con esa intensidad, con esa fuerza”, rememora, “no podía parar de escribir, venga, venga, venga, a todas horas. A veces ni siquiera tenía ganas, pero me sentaba delante del ordenador y ale, a escribir”.

El Nobel es un gran aficionado a las nuevas tecnologías -es de los pocos autores de su generación que dispone de blog personal- y no se ha privado de usarlas para documentarse en esta novela tan suya. “He pasado muchas horas delante del ordenador documentándome, sobre todo cuando estaba solo en casa. Internet nos abre la puerta para ver cosas que no podemos ver en nuestro día a día. Cosas que no creeríamos. Cosas que se le quedan a uno en la mente y luego no puede pensar en otra cosa”, confiesa. “Y todo eso es lo que está en el libro”.

Para sus próximas novelas, el escritor luso contratará a una asistenta a la que dictará su obra dado que, a su edad, sus muñecas no aguantan un ritmo de escritura tan acelerado.