Escuchando las quejas de numerosos usuarios, el Gobierno ha ordenado la retirada de todas las campañas publicitarias que estaban siendo emitidas en España a través de los sonotones alegando que violaban la directiva europea 2006/114/CE sobre publicidad.

“No es agradable quedarse traspuesto en el autobús y que te despierten a gritos para venderte el último disco de Maldita Nerea, o recomendándote que te pases a Sonotone Premium si quieres escuchar la vida sin interrupciones” dice José Freixa, acérrimo detractor de este tipo de publicidad. “Seré sordo, pero no pienso pasarme a Orange aunque interrumpan mis conversaciones continuamente para recomendármelo. Parecen idiotas, los sordos apenas hablamos por el móvil”, asegura.

Aparte de los inconvenientes que genera una vida constantemente interrumpida por anuncios, el argumento principal del Gobierno es que muchos ancianos se comportaban de forma extraña: “Entraron cinco viejos y empezaron a tirar todos los productos al suelo gritando ‘¡Yo no soy tonto!'”, explica aún asustada la cajera de un supermercado Lidl de Madrid.

No todos los usuarios son contrarios a la publicidad en el sonotone. “Mi padre vive solo y las voces de los anuncios le hacían compañía, abarataban el producto y le aportaban una rutina y una estabilidad” dice María Tejera, experta en marketing. Su marido, sin embargo, discrepa rotundamente: “Al abuelo lo que le pasaba es que le ponía cachondo la del anuncio de compresas y subía a la azotea para pajearse con el sonotone”, explica.

Al parecer, el hecho de llevar el aparato contra la sordera durante horas provocaba que algunos ancianos confundieran los spots publicitarios con la realidad: “Mi marido se creía que le habían regalado un BMW e iba fardando con sus amigos de la petanca. Recitaba todas las prestaciones del coche, pero cuando le preguntabas dónde coño estaba ese coche ponía una cara rara y señalaba el aparatito ese de la oreja”.

La prohibición hace temer la continuidad de otras prácticas parecidas que, aunque hacen accesibles productos muy costosos, interfieren en la vida de los consumidores. Las sillas de ruedas eléctricas, por ejemplo, podrían ser las siguientes en liberarse de la publicidad. “Funcionan de maravilla y apenas gastan batería, pero eso de que de repente te lleven automáticamente a la Fnac es molesto, sobre todo si te pilla lejos de casa y no quieres comprar nada” explica David Prats, tetrapléjico desde los trece años y amante de las sillas de antes.