Un torrente de alegría y satisfacción emanó ayer de Marta Tojas tras meses de gases, falsos apretones e incertidumbres. “Quería tirar la toalla pero ni siquiera sabía cómo. Comer significaba regalarle artillería al enemigo. Llegué a abrazar el catolicismo y me volví huraña, encerrada en mí misma”, confiesa. Cuando vislumbró la luz al final del túnel, no supo cómo reaccionar. “Simplemente dejé que ocurriera. Incluso pensé que aquello era de otro, como si fuera la protagonista de una fiesta que no era para mí. Solté una cantidad indescriptible de materia, vi que mi sufrimiento tenía olor y forma. Hice hasta fotos con el móvil”.

La familia de Marta Tojas respiró tan aliviada como la propia afectada al saber que todo había terminado. “Cada vez que me apetecía ir al lavabo me sentía mal por ella, como si le restregara por la cara mis éxitos cotidianos. Hubo momentos de tensión, cada vez que tiraba de la cadena era como si estuviera traicionando a mi mujer” reconoce Juan Antonio, esposo de Marta desde hace seis meses. “Al casarme ya tenía el problema y es lo primero que le dije. Juan fue comprensivo, me aseguró que lucharíamos juntos e iríamos a los Estados Unidos para encontrar una solución. Pero las buenas intenciones no son suficientes, el día a día es duro igual” comenta Marta.

Ahora dice sentirse relajada y orgullosa, pero admite que “hay un vacío interior en mí que sé que será pronto rellenado. Y me aterra la posibilidad de que vuelva el fantasma del estreñimiento, de que me vea de nuevo encerrada en el baño luchando contra mí misma, contra mis demonios”. Juan Antonio cree que todo irá bien y anima a su mujer a disfrutar de la felicidad mientras dure “porque todo es efímero y la vida son cuatro días”. Marta sonríe, pero añade que “cuando te pasa lo que me pasaba a mí, cada día es una eternidad”.