Hace dos meses, una perra callejera fue hallada muerta en un rincón oscuro del barrio chino de Barcelona. El cuerpo fue recogido por los barrenderos e incinerado sin miramientos junto a otros desperdicios. Nadie le dio más importancia pero, a los dos días, el vagabundo dueño de la perra se personó en una comisaría para denunciar que alguien había matado a “Chispa”. Un agente y un perro acudieron al callejón por mero formalismo, pero en ausencia del cadáver se cerró el caso.

Chusquero, el perro policía, ha seguido investigando la muerte en sus ratos libres hasta encontrar un sospechoso.

“Aunque formalmente el caso estaba cerrado, parece que él se lo tomó de un modo personal”, explica el agente al que Chusquero suele acompañar. “Su actitud fue reprendida por mí y por sus superiores. Incluso le amenazaron con trasladarlo al aeropuerto y obligarle así a pasar sus últimos días oliendo maletas. Cuando le dijeron esto, se limitó a mirar despectivamente al comisario y a mearse luego en sus pantalones. Me sabe mal admitirlo pero su carrera está acabada. Se ha vuelto huraño e indisciplinado. Es un sabueso de la vieja escuela y ya no encaja muy bien en el Cuerpo. ¿Qué importancia tiene una perra muerta más? No lo entiendo”.

“Me dijeron que Chispa igual había bebido agua de un charco y le sentó mal. Pero yo sé que alguien estaba detrás de esto” dice Fermín, el vagabundo que denunció la muerte de su perra. “Cuando vinieron, el policía hizo algunas preguntas tontas pero el perro estuvo olisqueando el callejón y removiendo basura. Algo debió de olerle mal. Ladró y tal, pero su compañero no le hizo caso y se marcharon”. Durante un mes, Chusquero estuvo volviendo cada noche al callejón a olisquear a todo el mundo que pasaba por allí.

A partir de cierto día, el perro empezó a sentarse a la puerta de una frutería. “No me quita el ojo de encima”, dice el frutero, “resulta molesto y espanta a los clientes. Es inútil intentar echarlo. Y sí, es cierto que a mí aquella perra me robaba algunos tomates. Pero de ahí a pensar que cogí matarratas y lo puse en algunas piezas de fruta para prepararle una trampa mortal….”. Tras decir esto ante los periodistas, el frutero no duda en mirar al perro con rabia. Chusquero se levanta y, moviendo la cola con parsimonia, se va caminando lentamente, perdiéndose entre el gentío y los ruidos de la ciudad.

“Puede que oliera mal y que mordiera a los niños, pero Chispa era una buena perra”, insiste el vagabundo. “Era una buena perra y espero que se haga justicia”. El frutero no será condenado dado que no se considera que haya “pruebas relevantes” en su contra. Chusquero no ha vuelto a aparecer por las perreras de la Policía y nada se sabe de él.