Ronald Jackson se estaba quedando sordo y perdió su trabajo. Lo tenÃa todo en contra, pero decidió no rendirse y luchar. En estas circunstancias montó una empresa de éxito, “Ear Storage”. Ahora está en Madrid, donde impartirá un seminario a otros sordos sobre cómo sacar partido de su minusvalÃa: “no por no oÃr nuestras orejas son inútiles” dice a modo de lema al tiempo que confiesa que se está enriqueciendo “a base de alquilar mis orejas para que la gente guarde sus cosas en ellas”.
“Cuando me dijeron que me quedarÃa sordo quise suicidarme”, explica tranquilamente mientras el camarero le pregunta una y otra vez qué va a tomar. Y es que Jackson aún oye, pero muy poco y cada vez menos. Cuando le señalo al camarero con un gesto, se gira y le pide unas tortitas. No tienen, pero a él no le importa. Saca un “tupper” con tortitas de su oÃdo izquierdo y pide que se las calienten. Luego extrae también una jarra de sirope de alce y unos cubiertos. Cuando el camarero vuelve, la mesa ya está casi puesta. Ronald está terminando de arreglar un centro floral que también llevaba encima. O dentro, más exactamente.
El incidente nos permite empezar a hablar de su historia, que es una auténtica lección de vida. “Odié a mis oÃdos durante meses, tanto que empecé a maltratarlos. Iba a bares y apostaba a que era capaz de introducir en ellos dos litros de cerveza o un servilletero o lo que fuera”, confiesa. Pronto, sus amigos empezaron a pedirle que les guardara cosas que querÃan esconder: regalos, muñecas hinchables, documentos comprometedores… y ahà Jackson vio un filón de negocio. Ahora asegura que guarda muchÃsimas cosas en sus oÃdos, pero es un profesional y se niega a confesar cuántas ni de qué tipo. “No sólo guardo objetos de otros”, dice, “ahora mismo llevo casi todas mis pertenencias encima”.
“Son muchos los que no lo entienden y creen que se están aprovechando de mÃ. ¿Pero yo para qué quiero mis oÃdos? No son más que un agujero inútil. Ahora tengo un plan de futuro, una motivación para vivir. Ofrezco un servicio único en el mundo. Un servicio que, curiosamente, está funcionando gracias al ‘boca-oreja’”, se justifica orgulloso.
Aunque Jackson conserve un poco de oÃdo, los médicos le han dicho que si sigue alquilando sus tÃmpanos para guardar cosas de otros se quedará sordo del todo y, lo que es peor, no descartan lesiones cerebrales. A él le da igual. “Prefiero que en mis oÃdos entre la ropa de invierno de una mujer mayor que la mejor sinfonÃa del mundo” dice con media sonrisa mientras se saca del oÃdo un papel de fumar.
“Si por ejemplo fuera manco o me faltara un dedo, me harÃa instalar un encendedor en el muñón y me ganarÃa la vida con eso, acompañando a gente que no encontrara nunca el mechero. Y yo les encenderÃa el cigarro y podrÃa guardar el tabaco en el oÃdo. O incluso podrÃan echarme el humo en la oreja para poder fumar en espacios cerrados”. Jackson mira al techo, soñador, y sus ojos revelan la ambición de sufrir un accidente que le permita llevar a cabo esta nueva lÃnea de negocio.
- Dos raciones de tortitas con sirope de arce.
- Un batido de plátano.
- Una hamburguesa.
Total: cortesÃa del entrevistado.