No todo periodista tiene la oportunidad de entrevistar a dos siamesas de sesenta y tres años, por eso no me importa esperarlas media hora sentado en la terraza del bar Morrissom. Finalmente las veo llegar en la otra acera, ya mayores, abrazadas como si bailaran un tango y avanzando con paso decidido hacia donde yo me encuentro. “Soy Josefina”, dice la de la derecha. “Yo soy Carlota”, dice la de la izquierda. Darles dos besos implica grandes contorsiones. Sus frentes adheridas son sinónimo de una vida de sufrimiento y tortÃcolis.
No todo periodista tiene la oportunidad de entrevistar a dos siamesas de sesenta y tres años, por eso no me importa esperarlas media hora sentado en la terraza del bar Morrissom. Finalmente las veo llegar en la otra acera, ya mayores, abrazadas como si bailaran un tango y avanzando con paso decidido hacia donde yo me encuentro. “Soy Josefina”, dice la de la derecha. “Yo soy Carlota” dice la de la izquierda. Darles dos besos implica grandes contorsiones. Sus frentes adheridas son sinónimo de una vida de sufrimiento y tortÃcolis.
A diferencia de otros gemelos siameses que pueden llegar a compartir órganos vitales, Josefa y Carlota MartÃnez están atrapadas la una a la otra por una pequeña tira de piel que mantiene sus frentes pegadas. Tienen sesenta y tres años y creen que ha llegado el momento de separarse. De hecho lo harán esta tarde, en una pequeña ceremonia a la que acudirán primos, sobrinos y hermanos. “Será precioso” dice una ilusionadÃsima Josefina, “llevo semanas preparándolo, incluso he comprado unas pequeñas tiritas de color fucsia para la heridita”.
Tardan casi un cuarto de hora en decidir su menú. “En realidad no tenemos por qué comer lo mismo, cada una tiene su aparato digestivo, pero lo consensuamos por respeto a otros siameses que no tienen la misma suerte” dice Carlota a modo de explicación. Y es que para ella “lo siamés” es un modo de vida: “es una manera de enfrentarse a la realidad, te ayuda a ser fuerte, a encontrar tu camino”. Josefina matiza entre dientes la afirmación de su hermana: “a encontrar tu camino o a compartirlo”. Luego Carlota me vende, y le compro por cortesÃa, una camiseta en la que pone “Orgullo siamés”. “Ya tardaba la señorita en sacar las camisetas” dice riendo Josefina. Pese a compartir tanto, pueden percibirse tensiones y recelos entre ambas cuando se producen silencios como el que siguió a esa risa.
Antes de llegar al segundo plato puedo hacerme un mapa más concreto de la situación. “Estamos cogidas por un grano. PodÃamos habernos soltado cuando quisiéramos, un simple empujón hubiera bastado. Pero hemos organizado nuestra vida de acuerdo a nuestra situación y nos gustaba a ambas, o eso parecÃa. Y ahora que nos separamos, pues todo ese esfuerzo se va a… bueno, fue bonito mientras duró y punto, miremos al futuro” dice Carlota con lágrimas en los ojos.
Al parecer, Josefina ha decidido casarse con Ramón, su novio de toda la vida, y eso fue lo que le hizo replantearse su vida y querer emanciparse. “Empezamos a salir a los veinte y durante más de cuarenta años Carlota siempre estuvo ahÃ. Lo de separarnos lo hemos planteado muchas veces ya, pero ahora quiero casarme y no hay vuelta atrás ni excusas que valgan. Como dice mi hermana, miremos al futuro y no la una a la otra”.
Ambas fingen no tener discrepancias en sus planteamientos y se sonrÃen durante toda la comida. “Si nos pedimos el helado, ¿me ayudas?”, pregunta Josefina cuando llega la hora de pedir los postres. Carlota, resentida, intenta hacerse la despistada y mirar para otro lado. Como no lo consigue, se hace la dormida. “Supongo que es momento de empezar a pedir cosas para mà sola” concluye Josefina entre triste y aliviada.
- Gazpacho.
- Escalope con patatas.
- Dos ensaladas verdes con atún.
- Dos osobucos con guarnición.
- Dos coca-colas.
- Dos raciones de pan.
- Un helado.
- Un café.
- Una copa de anÃs.
- Un puro.
Total: 45 euros.