Flüber insistió en no mostrar su cara.


Flüber insistió en no mostrar su cara.

Me pide que no salga su rostro en la entrevista porque se mantiene en el anonimato (Flüber es un apodo, confiesa). Y más le vale que no le reconozcan, porque sus fechorías suelen flirtear con la ilegalidad. Empezó tímidamente a los seis años, disfrazándose de zorro y recorriendo el barrio gritando “me muero, me muero”. Pero viendo que en vez de terror lo que despertaba era ternura, decidió emplear métodos más drásticos. “Sustituí a todas las muñecas de mi hermana por muslos de pollo, conservando el pelo sintético y sus modelitos. Esto ya es una mala pasada para cualquier niña, pero para una vegetariana más” recuerda con regocijo mientras devora precisamente un pollo a la naranja.

El pequeño Flüber, oveja negra de su familia, fue creciendo al tiempo que se sofisticaban sus ocurrencias. “La primera chica con la que salí fue ya una provocación en sí misma. Cada vez que se quitaba los zapatos el agujero de la capa de ozono se expandía, como saludándola con una amplia sonrisa. Mis padres me vacunaron de todo lo vacunable en dos semanas, y eso que también eran contrarios a la medicina occidental. Creían que aquella chica era una especie de ladilla adulta, y no les faltaba razón”. Desde entonces, no dudó en poner su vida en peligro si con ello escandalizaba a algún amante de la Naturaleza. Se disfrazó en una ocasión de Santa Claus en pleno mes de agosto e irrumpió en una playa nudista repartiendo ropa a la gente. “Tuve la mala suerte de que aquello estaba lleno de culturistas nudistas. Dios santo, nunca pensé que esas dos estupideces pudieran coincidir en una misma persona. Pero se ve que sí. Por poco no lo cuento”.

Confiesa que tiene listo un libro titulado “El miedo ambiente”. Su idea es publicarlo sin que eso permita que su identidad sea desvelada. “Más que un libro, se trata de un manual para el anti-ecologista. Putadas que se pueden hacer, en definitiva”. Aparte de este manual, ha comprado una zodiac “para cuando a los de Greenpeace les dé por perseguir un barco o joder a una petrolera. Ahí estaré yo también, persiguiéndoles a ellos y arrojándoles cadáveres de algún animal en extinción, aunque sean falsos. Tengo un amigo que con la funda de un sofá del Ikea y un poco de voluntad te construye el cadáver de un oso panda. Hasta a mí me dan pena, pero para sentarse son más cómodos que esas mierdas suecas”.

Restaurante macrobiótico Ayurveda.

– Patatas Bravas del Tíbet.
– Croquetas de Buda con virutas de Naturaleza.
– Pollo a la naranja con sentimientos.
– Carpaccio reciclado a las finas hierbas.

Total: 0 € (el entrevistado decidió entre risas pagar con incienso).